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Mientras dormía

Graziella Moreno

por Graziella Moreno

16.03.2016
4 min

El acusado está sentado en la primera fila y sus índices, nerviosos, toquetean constantemente los laterales de los pulgares, arrancando piel compulsivamente mientras escucha hablar a su madre, de pie, ante un micrófono, a escaso metro de distancia. El pelo repeinado hacia atrás, sujeto con gomina y la cara afeitada; limpio, ropa de marca de esas que usan los chicos de veinte años para distinguirse del resto con un punto elitista y expresar a la vez que en ningún caso es un simple chico de barrio. Se ha arreglado para acudir al juicio, causar buena impresión, y eso se nota. No ha querido declarar y por eso ahora teme, espera, quién sabe lo que pueda decir su progenitora.

Las amenazas y los insultos son constantes para exigir dinero. Lo más suave que oyen sus oídos a diario es "rata asquerosa" y el temor constante de que cumpla su promesa de rajarle el cuello como a un conejo

Esta, los brazos cruzados bajo el pecho en actitud de defensa sobre su cuerpo delgado, ni siquiera ha mirado a su hijo cuando ha entrado. Declina usar la dispensa que la ley pone en sus manos para acogerse a su derecho a no declarar. Y declara. Y explica. Y mantiene los ojos secos mientras va desgranando lo vivido y, sobre todo, sufrido. La gota que colma el vaso y que impulsa a una madre a denunciar a su propio vástago, porque ya no puede más, porque se le han acabado los recursos, porque no sabe en qué momento se rompió esa conexión materno-filial o si existió alguna vez y ella la ha imaginado.

Es un relato triste, lóbrego y feo. Por desgracia no es extraño, sino que se repite a menudo cambiando personas, escenarios y circunstancias. Y no es un caso en que la falta de medios económicos o el entorno social haya llevado a una familia a la destrucción. Padre fallecido. La madre vive con otro hijo menor en un piso y ha cedido al hijo maltratador otro de su propiedad en la misma finca porque no puede vivir con él. Ahora, eso sí, le paga todos los gastos, le lava la ropa, le hace la comida y sobre todo, él no tiene llaves del piso de ella, si las tuviera... Las amenazas y los insultos son constantes para exigir dinero. Lo más suave que oyen sus oídos a diario es "rata asquerosa" y el temor constante de que cumpla su promesa de rajarle el cuello como a un conejo.

No hay enfermedad mental, dice el forense en su informe, sí un abuso de la cocaína que a la larga le producirá un grave deterioro de sus facultades cognoscitivas y volitivas si sigue en ello. Y ahí está la droga, actuando, inundando su torrente sanguíneo, llegando hasta su cerebro, transformándolo en algo totalmente distinto a lo que era.

Termina la declaración y le comunico que puede abandonar la sala o permanecer en ella hasta la finalización del juicio. Sacude la cabeza y coge la chaqueta y el bolso para marcharse. Y, ahora sí, dirige una mirada al acusado que le da la espalda, en un símbolo de lo que es su relación, y en esa mirada se distingue cansancio, derrota, tristeza e incredulidad. En el fondo, no se explica cómo ese niño que amamantó, al que ha rodeado siempre de mimos y al que nunca le ha faltado de nada, se ha convertido en un desconocido, en una amenaza. Algo ha acechado a su hijo y se ha apoderado de él cuando ella no estaba atenta; quizá, mientras dormía.

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