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La mascarada de las mascarillas

Guillem Bota
13.04.2020
5 min

De los catorce millones de mascarillas que se iban a repartir este martes en las farmacias, se pasó a 1,5 millones a repartir el día 20, casi nada. Y de ser reutilizables, se pasó en pocos minutos a que sean de usar y tirar. A la vista de cómo el gobierno catalán está llevando la gestión de una de las pocas cosas que es capaz de gestionar, más vale que los catalanes aprendamos a hacer ganchillo y nos fabriquemos nuestra propia mascarilla, que seguramente no va a servirnos de nada, pero por lo menos vamos a estar un tiempo entretenidos, aprenderemos labores del hogar y nos va a ayudar más que la nada absoluta, que es lo que la Generalitat finalmente va a proporcionarnos. Eso si hay suerte, porque como tengamos mala fortuna, efectivamente nos va a tocar protegernos con la mascarilla que se habrá agenciado Torra, o la consellera Vergés, o cualquier otro de los que nos quieren hacer creer que gestionan en Cataluña la crisis sanitaria. Y entonces sí que estaremos acabados. Después de la que están armando, de tamaña ineptitud, yo no me pongo una mascarilla del gobierno catalán como no sea a punta de pistola, a saber de dónde las han sacado y en qué condiciones nos la endosan. Y aun a punta de pistola, les costaría obligarme, que uno prefiere morir de golpe.

No sé con qué ánimos nos podemos tapar la boca y la nariz con un artilugio que venga de manos de una gente que pasa, con la mayor alegría y en sólo dos días, de 14 millones de mascarillas a 1,5 millones, de unos cargos públicos que ni siquiera se ponen de acuerdo entre ellos sobre si son o no reutilizables.

-Qué más da. Ustedes se las pongan, y Dios dirá.

Dicen esos que tienen nuestras vidas en sus manos -bueno, lo decían ayer, quizás ya han cambiado de opinión- que nos van a regalar una mascarilla a cada catalán. Ya sé que está feo despreciar los regalos, pero lo que soy yo, prefiero pagarla y comprarla, antes que arriesgar el pellejo con vaya usted a saber qué mascarada, digo mascarilla. Quédense ustedes con sus 14 millones de mascarillas, que algo se les ocurrirá que hacer con ellas y déjennos tranquilos a los ciudadanos.

No es que este gobierno catalán no valga ni para proporcionar mascarillas, que eso ya lo suponíamos quienes los padecemos diariamente, es que no vale ni para anunciar que quizás un día tendremos mascarillas. La cara que se les quedó a los farmacéuticos, que hace semanas que reclaman mascarillas para trabajar de cara al público y no se atiende su petición, cuando escucharon que en cinco días deberían repartir 15 millones de las mismas, que nadie había visto ni sabía donde estaban, fue de las que hacen época. Uno iba a buscar su dosis de Viagra, se encontraba al farmacéutico temblando, y hasta que no le explicaban que era por el estrés de las mascarillas, creía que el boticario probaba toda la mercancía antes de dispensarla al público.

Un gobierno, especialmente en situaciones de crisis, debe dar imagen de seriedad y de competencia. Aunque sea mentira, que casi siempre lo es. De esta forma, quizás los ciudadanos se contagien. Lo que hace el gobierno catalán, lo que lleva haciendo desde el inicio de la crisis, es dar una imagen de amateurs metidos en política, con lo cual consigue que los ciudadanos recen para que el ejército se haga cargo de la situación. De la situación sanitaria, no se me sulfuren. Entre los tres consellers que salen cada día a leer --porque no hacen más que leer-- el parte médico habitual y un presidente que se pasa la crisis escondido en una especie de búnquer anexo a la Generalitat y --según confesó en entrevista radiofónica-- consultando a personalidades religiosas, los catalanes tenemos motivos para cualquier cosa excepto para estar tranquilos. Nos podemos dar con un canto en los dientes si al final salimos con vida de ésta. Si es así, no será gracias al Govern, sino a pesar de él.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.