Así no hay quien renueve nada

Ramón de España
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Tengo la molesta impresión de que me están intentando vender la renovación de TVE y del Consejo General del Poder Judicial como si se tratara de un noble pacto de estado, pero que lo único que yo veo --llámenme cenizo, que es lo que somos las momias del régimen del 78-- es un costroso cambalache entre partidos para repartirse unas cuantas sillas. Yo diría que algo chirría en la siempre alabada división de poderes cuando los políticos se ven obligados a controlar cómo se organiza una televisión pública o cómo se reparten los cargos en el CGPJ. ¿No podrían ambos estamentos regularse solos, sin que los políticos metieran sus narices en ellos?

Hay que reconocer, eso sí, que el baremo no difiere mucho en ambos casos, por lo que no se les puede acusar de incoherencia. Tanto en la tele pública como en el poder judicial se trata de colar el mayor número posible de “los nuestros”. Y cada partido tiene su excusa preparada. Los de derechas meten la gamba para proteger a España. Los de izquierdas, para hacer retroceder al fascismo (o algo parecido). Los nacionalistas, a ver qué pillan. Y así sucesivamente.

En el caso de TVE estamos viendo cómo cada partido trata de colar a los más favorables a sus tesis, aunque en algunos casos se trate de auténticos dinosaurios que ya han pasado por el ente varias veces o se han tirado en él muchos (¿demasiados?) años: parece que hay nombres que nunca desaparecen de las listas para ceder su sitio a otros. El nuevo presidente del ente parece una persona decente y, sobre todo, no suena a rancio. Pero en las listas de consejeros ya empiezan a colarse los de siempre, claramente decantados hacia el partido de turno. Si el PSOE rescata al venerable Ramon Colom, Podemos contraataca con un pelmazo pomposo que firma columnas de opinión en La última hora, el panfleto del partido. Todos los aspirantes han sido sometidos a un severo examen de casi diez minutos. Y los hay que han pillado cacho después de llevarse un cero patatero en dicho examen (o lo que sea), revelando que esa prueba era un paripé al que nadie prestaba la más mínima atención.

Para el CGPJ, parece que se trata de dividir la cosa, como de costumbre, entre conservadores y progresistas. Así luego, en la prensa, después del nombre de cada leguleyo se puede poner lo de que es conservador o progresista, algo que, personalmente, me importa un rábano, pues yo lo único que quiero es que lleve a cabo su tarea con profesionalidad y pleno conocimiento de las leyes de este bendito país.

Es evidente que los pactos de estado no es algo que se le de muy bien a nuestros políticos. Levantar una ruina como TVE debería requerir algo más que un reparto de sillas favorables a los diferentes partidos políticos. Y en el CGPJ los políticos ni deberían meterse si quieren que los ciudadanos nos creamos lo de la división de poderes. Ya sé que este segundo tema no es un problema exclusivamente español, pues aún recordamos al zanahorio de Trump colocando gente en el Supremo, que es un cargo vitalicio, para no toparse luego con sujetos poco comprensivos con su manera de ir por la vida. Pero aquí estamos ante una actitud constante y que lo abarca todo, hasta el punto de que uno se pregunta si los conserjes de los ministerios también son propuestos por los diferentes partidos.

Creo que la prensa no debería colaborar en la engañifa y que podría abstenerse de ver pactos de estado donde no los hay. Yo solo veo ganas de cortar el bacalao, de hacer la puñeta a los adversarios en el Congreso, de colocar gente fiable y obediente y de trasladar el poder político a ámbitos en los que no debería tener cabida. Lo dicho: llámenme cenizo.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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