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Solas y borrachas

Ramón de España
4 min

El nuevo lema de la mujer empoderada suena fatal. El problema no es de fondo, sino de forma. Con el fondo, cualquier persona decente estará de acuerdo: las mujeres tienen derecho a cocerse sin tasa y volver a casa a dormir la mona sin que un indeseable las viole por el camino. En las formas, como dirían los italianos, manca finezza. Volver a casa solo y borracho no es, precisamente, mi idea de la felicidad. Lo sé porque cuando bebía como una esponja --no como ahora, que estoy siempre tan sobrio como una colegiala, que decía P.G. Wodehouse-- solía volver a casa a las tantas, solo y borracho. Y si volvía acompañado, la cosa podía ser mucho peor, pues a la mañana siguiente despertabas al lado de un bulto humano que solía carecer del atractivo que le habías encontrado la víspera y solo pensabas en salir corriendo.

Por eso era imperativo pasar la noche en casa de la interfecta de turno: si te despertabas antes que ella, podías darte a la fuga discretamente, cosa imposible si habías metido la pata en tu propio hogar. Como a ellas les pasaba lo mismo, más de una se hacía la dormida para darte la oportunidad de desaparecer, lo cual era muy de agradecer. Ambos solíais ser conscientes de a dónde os había conducido la mezcla de alcohol, soledad y búsqueda de afecto y teníais la impresión de no haber dado la mejor versión de vosotros, como dicen ahora los cursis.

No negaré que a veces las cosas podían salir bien --la relación más larga de mi vida sentimental empezó así--, pero no era lo más común.

Aunque lo hice muchas veces, volver a casa solo y borracho no era algo que me llenara de orgullo. No tenía miedo de que me violaran --mi escaso atractivo físico ya me salvó en su momento de las atenciones de los curas de mi colegio--, pero sí podrían haberme atracado. O me podría haber atropellado un coche. Afortunadamente, Dios cuida de los dipsómanos y nunca me pasó nada más grave que tirarme un buen rato esperando que se moviera el taxi al que le hice una señal cierta noche, más que nada porque no era un taxi, sino un semáforo en verde.

Como eslogan, Solas y borrachas es un espanto. Se puede estar de acuerdo con el fondo de algo y lamentar la forma. Y evidentemente --hoy día hay que explicarlo todo a conciencia--, quien no le vea la gracia al lema no se está poniendo de parte del posible violador (¿me está oyendo, señora ministra de Igualdad?). Cada una por su lado, las palabras “solas” y “borrachas” me parecen muy bien: nada tengo contra la soledad deseada --de hecho, la practico de manera recalcitrante-- ni contra la bebida como arma de autodefensa contra las inclemencias de la vida --aunque ahora, a mi edad, prefiera la química y el gin tonic haya cedido su lugar al Trankimazin--, pero “solas y borrachas”, a diferencia de, por ejemplo, “Michelle” y “Ma belle”, son dos conceptos que casan francamente mal.

Me gusta más “Solas y tranquilas” o “Solas y sin miedo”, pero si la ministra Montero se quiere poner punk, que se ponga, que para algo es la más empoderada de todas las empoderadas.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.