Sobre el odio a Estados Unidos

Ramón de España
8 min

En España, un sector notable de la gente que se considera progresista y de izquierdas sigue alimentando un odio irracional hacia los Estados Unidos de América. Lo podrá comprobar cualquiera que entre en Facebook y se tope con la gran cantidad de comentarios sobre la guerra en Ucrania que muestran un desprecio absoluto, rayano en el odio, por su presidente, Volodímir Zelenski, y hasta por su esposa, desde que tuvo el descaro de aparecer en la portada de Vogue. Según estos comunicadores espontáneos, la culpa de la guerra en Ucrania es de los Estados Unidos de Biden, convenientemente ayudados por la OTAN. Y Zelenski es un maldito nazi que merece ser eliminado cuanto antes. La verdad es que estos aprendices de bot ruso me recuerdan la célebre pregunta de Groucho Marx: “¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?”.

Es evidente que no hemos visto lo mismo, aunque me conste que la política exterior estadounidense es lamentable y tiene tendencia a meterse en guerras en países lejanos a los que abandona a su suerte cuando pintan bastos, dejándolos en peores condiciones de aquellas en las que los encontraron. Lo que yo he visto es a un país atacando y bombardeando al vecino para demostrar quién manda en la zona. Lo que ellos han visto es la maniobra inevitable de un pobre presidente ruso, acorralado por Estados Unidos y la OTAN, al que no le ha quedado más remedio que poner orden en su patio trasero. Yo creo que el responsable de todo este clusterfuck es Vladímir Putin. Ellos creen que los auténticos culpables son, como siempre, los americanos. Quienes, evidentemente, también tendrán la culpa cuando Vladímir Vladímirovich nos corte el suministro de gas o nos obligue a vivir a oscuras.

La verdad es que debe ser comodísimo identificar a alguien que siempre es responsable de nuestras desgracias, aunque a veces no lo parezca. Y durante los últimos días, nuestros antiamericanos han recibido ración doble de su alimento favorito, el odio. Primero vino el asesinato del lugarteniente del difunto Osama Bin Laden, Aymán al Zawahirí, cuya tendencia a la rutina le granjeó la destrucción: el hombre se asomaba al balcón cada noche, a la misma hora, y fue relativamente sencillo desintegrarlo con dos misiles lanzados desde un dron. Ya sé que lo suyo era llevarlo ante un juez, juzgarlo con todas las garantías legales y aplicarle un veredicto adecuado. Pero eso no resultaba nada sencillo. De ahí que se recurriera a una solución más expeditiva, como la de hacerlo fosfatina desde un dron. No me parece ni bien ni mal. Como occidentales, creo que la desaparición de ese sujeto nos beneficia más de lo que nos perjudica (aunque los amigos de Vladímir en Facebook ya nos están amenazando con lo que se nos viene encima por parte del yihadismo), y, personalmente, me la sopla que el fanático en cuestión haya sido borrado de la faz de la tierra. Para los haters de las redes sociales, por el contrario, estamos ante una prueba más de la maldad intrínseca de los Estados Unidos.

Segunda prueba de dicha maldad: la visita a Taiwán de Nancy Pelosi. ¡Provocación intolerable que pagaremos cara!, según los agoreros de Facebook. Yo creo que la señora Pelosi puede viajar a donde se le antoje y que en Taiwán habrán agradecido la visita, sobre todo después de ver lo que ha hecho la madre patria con Hong Kong, un lugar más interesante y democrático cuando era una colonia británica que desde que fue recuperado por la China continental, un sitio en el que aprendías chino e inglés y tenías el doble de oportunidades a la hora de ganarte la vida, un enclave más o menos democrático que ahora vive sometido a un constante jarabe de palo administrado por la metrópoli y sus delegados en la isla. Aunque la solidaridad de Pelosi sea de boquilla, es más que nada. Y la reacción pueril de los chinos, con sus maniobras a lo Kim Jong-un para meter miedo a la población, sería ridícula de no resultar siniestra y propia de un matón a lo Putin.

Todos sabemos que Estados Unidos no es un país ejemplar, que el célebre sueño americano es un timo, que es un delirio que haya más armas que habitantes, que la atención médica solo sea para los ricos o que gran parte de la población muestre una lamentable tendencia a la teocracia. Pero de los tres imperios con los que tenemos que pechar en la actualidad, Estados Unidos me parece el menos despreciable si lo comparamos con Rusia, una dictadura vagamente disimulada y dirigida por un gánster a cuya sombra se prospera y en cuya contra se puede acabar en el talego o muerto, y China, una dictadura sin disimulos, aunque con una extraña relación con el capitalismo, donde también te juegas la vida por llevar la contraria a las autoridades. Considero que en Estados Unidos se puede vivir de una manera agradable (lo he comprobado personalmente en varias ocasiones), mientras que en Rusia y China no. Así pues, teniendo en cuenta que los españoles perdimos nuestro propio imperio hace unos cuantos años, me temo que nos toca elegir con cuál de los actualmente existentes nos quedamos. Y yo me quedo con los Estados Unidos de América, pese a todos sus defectos. También, supongo, por cierta relación sentimental: los americanos me han dado a un montón de escritores y cineastas, así como el rock & roll, sin el que mi juventud habría sido mucho menos estimulante. Parece un razonamiento infantil, pero es que los rusos no me han dado nada desde Dostoievski y los chinos me resultan desconocidos, lejanos e impenetrables.

Conclusión: prefiero depender de una democracia imperfecta que de dos sistemas autoritarios a los que no me une ningún vínculo sentimental. Y en cuanto a los aspirantes a bot de las redes sociales, la verdad es que me inclino por creer a mis propios ojos antes que a ellos.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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