Líderes que hablan por hablar

Ramón de España
7 min

No sé ustedes, pero a mí se me ha metido en la cabeza que estoy muy mal gobernado, tanto a nivel nacional como autonómico y municipal. Escribo esto porque tengo la impresión de que no soy el único en sentirse así, sino que somos muchos los que asistimos, impotentes, a unas políticas erráticas, cortoplacistas (disfrazadas de iniciativas progresistas para el futuro) y dirigidas solo a unos cuantos (en el caso catalán, a quienes se considera miembros de pleno derecho de la tribu; a los demás, que los zurzan). Puede que esta visión apocalíptica de la política española se haya visto fomentada estos últimos días por asuntos como el plan de Pedro Sánchez para la España del 2050 (no sabe qué hacer con la de 2021, pero parece que la de aquí a treinta años la domina), la investidura de Pere Aragonès como presidente número 512 de la Generalitat (en la que ha aprovechado para asegurarnos que tendremos la república independiente en un plis plas y que gobernará para todos los catalanes, afirmaciones que solo pueden calificarse como mentiras descaradas) y las últimas ideacas de Ada Colau, como sacar a los maderos de la comisaría de Vía Layetana, seguir haciendo la puñeta a los del Hermitage u oponerse a la ampliación del aeropuerto por supuestos motivos seudo ambientales (todo ello, y pese al inicio de un cierto cerco judicial, sin dejar de regar con dinero público a esas asociaciones supuestamente encaminadas a hacer el bien que se congregan en el número 43 de la barcelonesa calle Caspe y para las que trabajan o trabajaban conspicuos miembros de los Comunes, incluida ella misma). La sensación de que el mandamás de la nación, de la región y de mi ciudad me están tomando el pelo se va haciendo más fuerte cada día y estoy a punto de hacer como el protagonista de Network, la película de Sidney Lumet escrita por Paddy Chayefsky, y salir al balcón por la noche para gritar que ya no puedo aguantarlo más.

¿Cómo tomarse los planes de Sánchez para el 2050? ¿Qué fiabilidad tienen? Los que cortan el bacalao --no digo que sean buena gente, sino que tienen su peso en la sociedad-- no parecen entenderlos muy bien. Por eso hay tanto banquero y tanto empresario que se ausentó de la presentación a bombo y platillo de hace unos días. Aducen --y no les falta razón-- que si Sánchez aún no sabe cómo va a gestionar los fondos europeos post Covid, ¿a qué viene hacer planes para dentro de tres décadas? Sobre todo, añado yo, si el PSOE pierde las próximas elecciones generales y el que gane se pasa por salva sea la parte los bonitos pronósticos de Iván Redondo. Por otra parte, ¿qué hace pensando en el futuro alguien que, como Sánchez, solo da muestras de pensar a corto plazo, generalmente en medidas encaminadas a conservar su sillón? ¿Nos va a salir este campeón de la inmediatez con planes quinquenales, un régimen supuestamente eterno o mezclando su famosa resiliencia con las profecías de Nostradamus? ¿A qué viene esta farfolla de la España del 2050 cuando no sabemos qué hacer con la de ahora mismo?

A un nivel más modesto, el nuevo presidente de la Generalitat ha sacado también su propio libro de cuentos (en los que no cree, pero hace como que sí) y nos ha mentido a la cara a todos. Sabe perfectamente que la independencia ni está ni se la espera, por mucho que evoque ese supuesto 52% de soberanistas de las últimas elecciones (el 52% del 50% de catalanes que se tomaron la molestia de ir a votar). Sabe que solo va a gobernar para los suyos, ya que los demás le importamos un rábano, pero intenta presentarse como el campeón de la ecuanimidad. Sabe que solo puede gestionar una autonomía como cualquier otra, pero necesita insuflar ánimos a sus maltrechas huestes para que no lo acusen de traidor. De hecho, en vez de fomentar quimeras, su principal misión debería ser la de convencer a los de JxCat de lo que el beato Junqueras ha entendido perfectamente entre barrotes: que no hay más cera que la que arde, que no hay independencia a la vista y que a lo máximo que puede aspirar su gobierno es a quejarse, a farfullar y a chinchar para mantener viva esa sensación de dignidad que tanto jugo ha dado últimamente.

Mientras Sánchez me embauca y Aragonès me miente, Colau me intenta dar gato por liebre constantemente, vendiéndome como progresista lo que a mí se me antoja más viejo que el rigodón y las polainas. Si hay que recurrir al medio ambiente, como en el caso de la ampliación del aeropuerto, se hace y ya está, a ver si cuela (creo que Ada ha sumado el avión al coche en su lista de bestias negras, como demuestra su propuesta de acabar con los vuelos entre Barcelona y Valencia). Un charlatán que va a lo suyo, un mentiroso tan oportunista con el independentismo como lo fueron sus padres y abuelos con el franquismo y una señora inepta, sobrada y perdonavidas son los tres líderes de los que dependo para el futuro de España, Cataluña y Barcelona. Hace tiempo que me he dado cuenta y lo llevo todo lo bien que puedo, pero hay veces que me da por redactar catálogos de obviedades como éste. Derecho al pataleo, lo llaman.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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