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Salvados por el papel higiénico

Ramón de España
4 min

Ya no temo al coronavirus porque creo haber encontrado la manera infalible de frenar su avance: improvisar ante la puerta de mi apartamento una barricada con 2.500 rollos de papel higiénico, material que, al parecer, es mano de santo para el virus de marras.

Vale, no es verdad, no tengo 2.500 rollos de papel higiénico ni creo que construir con ellos una barricada me sirviese de nada, pero es que no entiendo por qué la gente se lanza a acaparar este producto, hasta el punto de dejar los supermercados desabastecidos. Esta chaladura no solo sucede en España, sino también en otros países, pero nadie me sabe informar del origen del bulo que identifica el papel higiénico como eficaz agente antivírico.

Puestos a avituallarse para un posible confinamiento, entendería mejor que la gente adquiriese cantidades industriales de fabada, de whisky o de tabaco, pero…¿Papel higiénico? Si el bulo lo ha hecho correr Scottex, les felicito, pues se deben de estar forrando. Y si Pedro Sánchez tiene en nómina a Ortega Smith para que se dedique a esputar sobre sus posibles votantes en un mitin, le felicito también porque en política, como en el amor, todo está permitido.

Algo parecido puedo decir de Quim Torra: si cree que el confinamiento de Cataluña es el primer paso para la independencia, no me extraña que esté remando con tanta energía en esa dirección (aunque, afortunadamente, creo que carece de las competencias necesarias para ello, tanto de las que dependen del estado como de las que trae él de fábrica, que son escasas).

El coronavirus está precipitando reacciones lamentables, pero que no sorprenderán a nadie mínimamente familiarizado con la condición humana. Murcianos y valencianos se quejan de la aparición de madrileños en sus costas, huyendo de la peste, pues dan por hecho que ya han caído en las garras del coronavirus y pretenden extenderlo fuera de su comunidad.

Algunos alcaldes de la Costa Brava ya han puesto el grito en el cielo porque los de Can Fanga, a los que se esquilma sin piedad a lo largo del año, han decidido instalarse en sus segundas residencias. Y así sucesivamente. Preparémonos para asistir a muchos espectáculos lamentables, pues ya se sabe que las crisis hacen aflorar lo peor de todos nosotros.

Personalmente, lo que más me pasma de la situación es lo del papel higiénico. Porque no lo entiendo. Debería preocuparnos, en todo caso, que se interrumpiera el suministro de agua, pues como bien saben los chinos, para limpiarse el culo basta con la ducha y la mano izquierda. Que yo sepa, no hay en marcha ningún campeonato para elegir el ojete más reluciente de España, o de Europa, o del mundo. Así pues, ¿de dónde sale esta obsesión absurda?, ¿quién la ha introducido en la psique de los más lerdos de entre nosotros?, ¿para qué queremos tanto papel de váter?

El coronavirus, como en su tiempo la peste bubónica, desaparecerá algún día, y los supervivientes se preguntarán: “¿Y ahora qué hago yo con estos 700 rollos de papel higiénico?”. Ya imagino a Bono y a Bob Geldof organizando una recogida mundial de rollos para enviarlos a África. No sé de qué le servirán a alguien que no caga porque no come, pero lo principal será hacer desaparecer las pruebas de nuestra estupidez ante las pandemias.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.