El presidente y la cabra

Ramón de España
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Mucho antes del nacimiento de Twitter, Alfonso Guerra ya tuiteaba en vivo y en directo y sin molestarse en escribir una línea. Le ponían la alcachofa delante y él hacía lo que mejor se le ha dado siempre, largar; por regla general, comentarios inapelables y lapidarios en los que conseguía algo tan meritorio como mezclar el más retorcido sentido del humor con la simple mala follá. Nuestro hombre sigue en forma. Lo pudimos comprobar el otro día, cuando resumió los pitidos a Pedro Sánchez durante el desfile del Día de la Hispanidad diciendo que hay quien abuchea a un presidente y aplaude a una cabra porque sabe reconocer a quien mejor le representa. Alfonso Guerra: genio y figura hasta la sepultura (propia o ajena).

El incidente del abucheo al presidente del Gobierno lleva años produciéndose, pero solo cuando no gobierna la derecha: en ese caso, todo transcurre en santa paz. Cuando hay al frente del Ejecutivo alguien que no es del agrado de los votantes del PP, unos cuantos energúmenos supuestamente patrióticos se acercan a la Castellana a ver el desfile y, ya puestos, increpan un poco al comunista de turno obviando que, les guste o no, es el presidente salido de las urnas y merece cierto respeto institucional, sobre todo el día en que se celebra la fiesta nacional. Pero no todo el mundo pilla algo tan sencillo de comprender, y solo por escribir esto ya me estoy ganando que me cuelguen el sambenito de sociata y sicofante de Sánchez, pero es que uno, a su manera, cree en el respeto institucional y en conservar las formas. No tengo por qué justificarme, pero he escrito varias veces lo que pienso de Pedro Sánchez: que es un trepa y un oportunista dispuesto a cualquier cosa por conservar el sillón. Dicho lo cual, por mal que me caiga, Sánchez es el presidente de mi país y nunca se me ocurriría abuchearle si me diera por ir a Madrid a ver el desfile (un extremo más bien improbable, por otra parte). Asimismo, si militara en (o votara a) un partido de derechas (lo que tampoco es el caso), no me dedicaría a visitar foros internacionales para poner verde al Gobierno del PSOE, como sí han hecho algunos destacados miembros del PP, empezando por José María Aznar. Hay un sector de la derechona para el que el patriotismo solo rige cuando manda quien tiene que mandar. En tal caso, prietas las filas y al que chiste se le acusa de traidor y vendepatrias. Pero si el presidente de turno es un rojo (o algo parecido, pues rojos de verdad ya no quedan: nos tenemos que apañar con los papanatas de Podemos y de la CUP), leña al mono, que es de goma.

Uno de los problemas de España es que ni el Estado se considera una cuestión de Estado. Así hemos llegado al cirio de la renovación de los estamentos judiciales --que ya cansa e irrita, francamente-- o al abucheo de presidentes acogiéndose al derecho a la libertad de expresión. Perdonen, pero la libertad de expresión (o el exabrupto) no toca en una jornada como la del 12 de octubre. ¡Anda que no hay ocasiones para poner a caer de un burro a Sánchez! ¿Hay que hacerlo precisamente con el rey delante y las tropas prestas a desfilar mientras un legionario acaba de sacarle brillo a la cabra? Yo diría que no. Bastante tenemos con las meteduras de pata de los militares --nos estábamos recuperando de lo de aquel paracaidista que se empotró contra una farola cuando a uno de la Patrulla Águila se le ocurrió soltar un chorro de humo morado en pleno dibujo de la bandera en el cielo de Madrid, propiciando todo tipo de chistecitos a cargo de separatistas y republicanos de estar por casa-- para tener que aguantar también los berridos de unos señores de derechas que no saben guardar las formas ni comportarse como es debido en determinadas situaciones. ¿Acaso creen que hacen feliz al rey abucheando a Sánchez? Bastante tiene el monarca con lo del paracaidista que se estrella con una farola y el aviador que se marca una involuntaria gracia republicana, ¿no creen?

Que un sujeto marginal como yo, que se inició en la prensa underground de la Transición, tenga que recordarles estas reglas básicas de conducta a los folloneros del 12 de octubre es una paradoja sangrante, pero España y los españoles somos así, señora. ¿Respeto institucional, reivindicación del sentido de Estado, un poquito de educación? Ni hablar: ¡palo a quien más nos joda!

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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