Pintan bastos en Moscú

Ramón de España
6 min

Da la impresión de que a Vladímir Valdimiróvich Putin le está saliendo el tiro por la culata con su conquista de Ucrania. Creía el hombre que el ejército ruso se plantaría en Kiev en un par de semanas y ya vamos para siete meses de una guerra que, de momento, no pinta demasiado bien para el atacante. Ante tan molesta situación, Putin toma unas medidas que no son del agrado de nadie: procede a reclutar a los reservistas, pero tiene que aguantar protestas en las calles y que la población se le fugue a manadas en dirección a Finlandia; lleva a cabo un canje de prisioneros con Ucrania y se le rebotan los más radicales de los suyos porque ha habido que devolver a casa a los supuestos nazis del batallón Azov (por no hablar de que toda la maniobra parece encaminada a conseguir la liberación de un amiguete de Vladímir, el oligarca prorruso Víktor Medvedchuck, feliz padre de una niña cuyo padrino es, ¡bingo!, Vladímir Vladimiróvich); organiza unos referéndums de pegolete en las zonas de Ucrania ocupadas por los rusos, pero nadie se los toma en serio porque suenan a cacicada y pucherazo…

Putin está empezando a hacer un ridículo internacional cuando lo que pretendía era cuadrarnos a todos, escatimarnos el gas y restituir a su país la condición de gran potencia que tenía en los tiempos de la URSS. Puede que siempre haya sido un sujeto ridículo, con esa especie de zarismo estalinista bendecido por la iglesia que se sacó de la manga hace un tiempo, pero hasta ahora no resultaba tan evidente. Si acaba asumiendo que lo es, nos puede salir por peteneras nucleares, pues ya se sabe que esa gente que carece del más elemental sentido del humor y que lo arregla todo a las bravas, ya sea invadiendo el país de al lado o tirando por la ventana a quien se le pone de canto, es capaz de la mayor burrada.

Hasta ahora, Vladímir Vladimiróvich se ha contenido a la hora de apretar el botón nuclear, que es lo que le pide el cuerpo, pero no sería de extrañar que un día de estos le dé por ahí, a no ser que antes sea eliminado por quienes considera sus más leales servidores, lo cual no solo es posible, sino que acostumbra a suceder en estos casos: una cosa es iniciar una segunda guerra fría en la que enseñar los dientes y tratar de dar miedo al enemigo y otra es meterse en harina nuclear, lo cual obligaría a Estados Unidos a tomar serias cartas en el asunto, con consecuencias impredecibles, pero no muy halagüeñas para nadie.

Quiero creer que la invasión de Ucrania va a constituir lo que los anglosajones describen A blessing in disguise (Una bendición disfrazada). Es decir, que puede acelerar el final de Putin en cuanto una improvisada coalición de oligarcas y militares llegue a la conclusión de que hay que quitarlo de en medio, que es lo que hace él con todo el que le molesta. Ya puestos, me gusta pensar que la pobre chica a la que asesinaron en Irán​​​​​​​ por llevar el velo mal puesto pueda ser la espoleta que haga explotar la bomba de indignación de los habitantes de ese país que no compartan la chaladura medieval compartida por todos sus dirigentes. En ambos casos, se están viendo muestras de un posible cambio de ciclo. Y también en ambos casos, el poder opta por la represión, algo con lo que bastaba hasta hace poco y que ahora parece resultar insuficiente e ineficaz. Irán no necesita armas nucleares para controlar la situación, pues le basta con matar a los manifestantes con armas tradicionales. Rusia ya ha visto que con las armas tradicionales no hay manera de doblegar a los ucranianos (por no hablar de los problemas que tiene en otras zonas de sus inmensas y no siempre controlables fronteras: Putin va a tener que acabar reclutando a niños y ancianos).

Como se dice en Cataluña, Vladímir Vladimirovich da la impresión de haber querido estirar más el brazo que la manga. Y la adopción de medidas desesperadas es una clara señal de que pintan bastos. Su agonía puede durar aún cierto tiempo, pero quiero creer que nos acabaremos librando de él y que la estúpida invasión de Ucrania habrá sido esa bendición disfrazada de la que hablan los angloparlantes. Como se dice en estos casos, Wait and see. Y confiemos en que el wishful thinking se convierta en realidad, por el bien de Ucrania, Rusia y el mundo entero.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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