Para cada solución, un problema

Ramón de España
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Según una reciente encuesta, la ineptitud de nuestros políticos es el segundo tema que más preocupa a los españoles después del paro, cosa lógica desde que se acabó el terrorismo mostrenco de los amigos de ese gran humanista vasco que es Arnaldo Otegi. El viejo sarcasmo según el cual un político es alguien que para cada solución encuentra un problema se mantiene entre nosotros más vigente que nunca. Basta con observar el calvario en que se está convirtiendo la configuración de un gobierno tras la victoria en las urnas del PSOE.

Según otro sondeo, la opción favorita de un gran número de españoles era un gobierno de coalición entre el PSOE y Ciudadanos, que incluso contaba con el apoyo de banqueros, empresarios y demás poderes fácticos. Ambos podrían haberse beneficiado de la fusión: Sánchez tendría a Rivera vigilándolo cada vez que bajara la guardia ante los nacionalistas, y a Rivera se le podría haber contagiado algún concepto más o menos de izquierdas, cosa que no le haría ningún daño a ese partido que ha convertido en algo que no tiene nada que ver con el de los orígenes (nueva baja, por cierto, la del amigo Xavier Pericay). Pero no hay manera de que ese gobierno llegue a existir. Rivera y su absurdo cordón sanitario lo está impidiendo, y luego se quejará de que Sánchez se busque la vida con lo que tiene más a mano: lo que queda de Podemos --donde hay hambre de ministerios para hacer frente a su decadencia-- y, si no hay más remedio, los nacionalistas, por absurdo que resulte buscar el apoyo de una gente a la que España le importa un rábano. Si Sánchez llega a presidente con el apoyo de los nacionalistas, Rivera le señalará con el dedo y le acusará de pactar con los enemigos de la democracia y del Estado de derecho, cuando le habría bastado abstenerse en la votación para que su némesis no tuviera que recurrir a las malas compañías. Y sin tener en cuenta que él pacta con Vox mientras que hace como que no pacta porque ese partido le da un poco de grima: Ciudadanos se conforma con la puntita, pero se resiste a que se la metan entera, pero con Vox no debería haber términos medios: o te tratas con ellos o no te tratas, pero lo de tratarse a medias no hay por donde cogerlo.

Nada se puede esperar del PP, porque cuando no mandan ellos, el patriotismo constitucional se toma unas largas vacaciones y todo consiste en chinchar a quien ocupa el lugar que ellos consideran suyo a perpetuidad. Por otra parte, el PSOE está obligado moralmente a no querer saber nada del PP. Pero Ciudadanos es otra cosa. De hecho, Sánchez se moría de ganas de llegar a un acuerdo con Rivera, bendecido por the powers that be, que dicen los gringos, pero el otro sigue obcecado por acabar con el sanchismo, como si un personaje tan inane como Sánchez tuviese la enjundia necesaria para encabezar una corriente de pensamiento. Sánchez solo es un saltimbanqui proactivo, de acuerdo, pero ganó las elecciones, y si éstas se repiten --una vez más los sondeos--, parece que aumentaría su apoyo popular, así que vaya negocio haría con dicha repetición el señor Rivera. O el señor Iglesias, que también saldría perdiendo y que a Sánchez no le hace ninguna gracia, como demuestra esa renuencia a cederle algunas carteras ministeriales.

Y así van pasando los días y las semanas, y seguimos con un gobierno en funciones porque a nadie le sale de las narices anteponer los intereses de la nación a los del partido. Ahora, si de lo que se trata es de encabezar, desplazando al paro, la lista de los temas que más preocupan a los españoles, nuestros políticos lo están haciendo de maravilla.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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