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Los bueyes con los que aramos

Ramón de España
8 min

Una de las cosas más tristes de la pandemia que nos azota es, por lo menos para mí, la incapacidad de nuestros políticos para darse (y darnos) una tregua en sus eternas querellas socio-políticas. Se hubiese agradecido una cierta voluntad propositiva a la hora de arrimar el hombro ante la desgracia común, pero eso solo se ha detectado, tímidamente, en la actitud de Inés Arrimadas al frente de lo que queda de un partido que aún no sabe si va a sobrevivir a los delirios de su anterior presidente. Por regla general, la cosa consiste en que el Gobierno asegura que lo está haciendo muy bien y la oposición considera que peor no lo puede hacer: con virus o sin virus, aquí todo el mundo sigue a su bola; y algunos, si pueden servirse de la pandemia para ver qué pillan, lo hacen entre los aplausos de sus respectivos hooligans.

La actitud del PP no resulta especialmente encomiable: todo lo que hace Sánchez es, por definición, inútil y equivocado, cuando no directamente rastrero o/y criminal; en esas anda Isabel Díaz Ayuso, la Dolorosa del aparthotel de lujo, que lo mismo jalea el motín de los Cayetanos (o los Borjamaris, según versiones) del barrio de Salamanca que acusa al presidente del Gobierno de querer destruir Madrid por motivos que solo ella alcanza a comprender. Desde la periferia, siempre dispuesto a contribuir al linchamiento del voluntarioso arribista que tenemos de presidente, Quim Torra tampoco deja pasar ninguna oportunidad de echarle la culpa de lo mal que se está haciendo todo (aunque su comunidad, que es la mía, esté aportando casi la mitad de muertos a la catástrofe, lo que no le deja en muy buen lugar como cerebro privilegiado que sabe en todo momento lo que hay que hacer).

Lo escrito hasta ahora no pretende ser una defensa de Pedro Sánchez. porque ese hombre se defiende solo y ha demostrado una capacidad de supervivencia solo comparable a la de las cucarachas de las cocinas del Bronx neoyorquino. Siempre me ha parecido un oportunista capaz de pactar con cualquiera para mantenerse en el poder y he lamentado su capacidad para decir una cosa y la contraria y quedarse tan ancho. Apoyarse en los Ceaucescu y en el beato Junqueras tampoco me parece lo más adecuado que puede uno hacer para montarse un Gobierno, pero su respuesta al virus no creo que difiera mucho de la que se ha visto en Francia, Italia, Inglaterra y otros países de nuestro entorno --gracias a amigos residentes en ellos, me consta que cada nación europea, exceptuando Alemania, tiene la impresión de que su Gobierno es el más inútil del mundo a la hora de enfrentarse a la plaga--: nadie lo vio venir, todos han recurrido a la improvisación, junto a medidas razonables se proponen genuinas ideas de bombero --pienso en esa cuarentena para turistas de la que se habla: solo los británicos más beodos tragarían con lo de tirarse dos semanas encerrados en su habitación de un hotel de Benidorm a condición de un flujo constante a domicilio de cerveza y baked beans on toast, más un balconcito con vistas a una playa en la que nunca tuvieron la intención de poner los pies--. Si no eres muy separatista o muy del PP, no hay manera de culpar a Sánchez de todo lo que se está haciendo o no se está haciendo frente al virus. Y dejando aparte casos de imbecilidad profunda, como los de Trump y Bolsonaro y, en menor medida, Johnson, tengo la impresión de que la mayoría de presidentes mundiales hacen lo que pueden ante algo que les supera. También creo que los ajustes de cuentas, de haberlos, pueden esperar a que haya pasado la peste bubónica. Y en el caso que nos ocupa, no entiendo la obsesión por convertir a un buscavidas con suerte como Sánchez en un ser diabólico que solo piensa, y al mismo tiempo, en hundir España y destruir Cataluña.

Me temo que la oposición lo sobrevalora. La única prioridad de Sánchez es mantener su cargo. Si para ello debe aguantar a Iglesias --brillantísimo, por cierto, el chiste del vicepresidente sobre las ganas que tienen nuestros ricachones de mostrar su patriotismo prestándose voluntariamente a ser esquilmados por los bolcheviques-- y al beato Junqueras --con sus amenazas de corte mafioso desde el talego--, pues qué remedio, pero si ve que el conato de romance con Ciudadanos prospera, se quita de encima al Chepas y al Birojo y aquí paz y después gloria.

Alguien así no puede representar la anti-España, señor Casado, ni el genocidio catalán, señor Torra, y allá ustedes si quieren ver a un demonio con cuernos donde solo hay un muchacho emprendedor y algo marrullero que lo que más valora en la vida es su puesto de trabajo. Sería mejor que las derechas --la española y la catalana-- dejaran de hacer el ridículo cada una a su manera: la española, fabricando en el madrileño barrio de Salamanca clones del Cojo Manteca con escoba --que no palo de golf-- y denunciando que vivimos bajo una dictadura social-comunista; la catalana, esperando a ver qué dicen en Madrid para proponer ipso facto lo contrario. Ya sabemos que la bondad y el buen rollo no existen en política, pero quiero creer que la mala baba permanente tampoco y las exageraciones interesadas, aún menos. Quien quiera ver en Pedro Sánchez a Felipe V y en Pablo Iglesias a Stalin es muy dueño de hacerlo, pues no hay límite para las fantasías, pero yo solo veo a un par de trepas que, aunque aún no hayan entendido muy bien cómo han llegado tan alto, solo piensan en agarrarse a un cargo para el que están tan poco preparados como todos esos adversarios políticos que los ponen de vuelta y media a diario.

Ya que no podemos solventar la mediocridad de nuestros políticos, lo menos que podemos pedirles es un poco de buena fe. Pero ni eso están dispuestos a ofrecernos.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.