Hola, Salvini, adiós, Salvini

Ramón de España
4 min

¿Se acuerdan de aquel matón italiano llamado Matteo Salvini, partidario de que los negros se ahoguen en masa en el Mediterráneo? De la noche a la mañana, desapareció gracias a una de esas conjuras a la italiana, llenas de finezza, que causan envidia y estupor. Tras la dimisión del primer ministro Conte, todo parecía indicar que se adelantarían las elecciones generales, en las que Salvini y su infame partido, La Liga, arrasarían. Pero Conte, en vez de irse a casa, propició un compadreo entre los grillini, que ya estaban hasta las narices del gañán de Salvini, y el Partido Demócrata y ni elecciones ni nada: nuevo gobierno y adiós, Matteo, adiós, que te zurzan un par de años, a ver si de aquí a las próximas elecciones sigues contando con el beneplácito de tus conciudadanos.

Han pasado unas pocas semanas y sigo fascinado con esa habilidad de los italianos a la hora de deshacerse de sujetos molestos. Hay tradición: ya lo hicieron con Mussolini cuando empezaron a pintar bastos, convirtiéndose así en el único país del mundo en empezar una guerra en un bando y terminarla en el otro. Por no hablar de las habilidades de la mafia para hacer desaparecer gente, que es como lo de Salvini, pero sin finezza de ningún tipo. Deberíamos aprender de los italianos, a ver si así tenemos gobierno de una vez por todas. Bastaría con que Albert Rivera dejara de hacer el ganso y se prestara a una coalición con Pedro Sánchez para que nos librásemos de Pablo Iglesias y Podemos. Pero nos falta finezza. Da la impresión de que la política española, cuanto más se parezca a Puerto Hurraco, mejor. Si Ciudadanos no sirve para desactivar a Podemos y a los nacionalistas, ¿me puede decir alguien qué función cumple en el panorama político español?

Hay políticos que son un peligro público y ante los cuales hay que reaccionar con astucia y contundencia. Ahora la finezza empieza a manifestarse en la política británica, donde hay en marcha una operación de lo más sensata para deshacerse de Boris Johnson, un tipo al que no soporta ni su propio hermano, que se ha salido del gobierno para no tener que aguantarlo. Boris no sabe lo que es la finezza, por eso es el único primer ministro del mundo civilizado al que le visita la policía por desórdenes domésticos (los berridos de su novia se oían en Cardiff). Pese a esa actitud de gorila con malas pulgas que le caracteriza -y que le llevó a chapar el parlamento, no le fuesen a cantar las cuarenta por su propensión a llevar a su país al suicidio-, gente de fuera (y de dentro) de su partido están haciendo todo lo posible por librarse de él o, por lo menos, hacerle la vida imposible.

Lo mismo deberían hacer los americanos con Trump y nosotros con Iglesias. Hay políticos que deberían unir a la sociedad en su contra. Y para eso hace falta finezza, algo que no nos sobra precisamente en España. Como me despierte un día, vea que el PSOE y Podemos han pactado y que Asens y Pisarello son ministros, creo que me va a dar algo. Y no seré el único.

Artículos anteriores
¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

¿Quiere hacer un comentario?
Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Más información