Los límites del pacifismo

Ramón de España
7 min

Lo que llevamos de siglo es, básicamente, un rosario de desgracias, pero me temo que lo mismo puede decirse de cualquier otra época. Desde la perspectiva actual, el siglo XX nos parece una fiesta para los que nacimos en los años 50 y 60 y disfrutamos de una serie de avances insólitos y de una paz duradera, pero la primera mitad soportó dos guerras mundiales​ de las que nos libramos los hijos del rock & roll, como diría Miguel Ríos.

El nuevo siglo nos ha pillado talluditos y tenemos cierta tendencia a considerarlo una sucesión de horrores: el atentado yihadista contra las Torres Gemelas de Nueva York, la crisis financiera de 2008, el coronavirus y ahora un ensayo para la Tercera Guerra Mundial que aún no sabemos muy bien cómo acabará.

Resumiendo: 22 años de mierda en los que cada espanto es sustituido por el siguiente, que a su vez condena al olvido a los anteriores. Si no fuera por el recrudecimiento del Covid-19 en China, ya ni nos acordaríamos de él.

Hace semanas que no me entero de cómo siguen las cosas por Afganistán, aunque supongo que los talibanes siguen haciéndoles la vida miserable a sus compatriotas. El prusés se desinfla y hasta el Brexit se ve como una chiquillada de los británicos que acabarán pagando muy cara.

Ahora solo tenemos ojos y oídos para lo que sucede en Ucrania desde que el animal de Putin decidió invadirla, una decisión no muy inteligente cuando tienes un PIB ligeramente superior al de España o Italia y corres el riesgo de que tu población, aunque te importe un rábano, como es el caso, acabe pasando hambre. Puede que los periódicos no den para albergar tantas desgracias a la vez, pero es indudable que siempre hay una, la más reciente, que se hace con el poder y se impone a las demás.

Me viene a la cabeza una vieja canción de Héctor Lavoe: “Tu amor es un periódico de ayer / que nadie más procura ya leer / Sensacional cuando salió en la madrugada / A mediodía, ya noticia confirmada / Y en la tarde, materia olvidada”.

O sea, lo sentimos mucho por los afganos, pero tenemos asuntos más interesantes de los que preocuparnos. Desalojar a los talibanes era tan urgente como conseguir que Putin retire sus tropas de Ucrania, pero igual Afganistán nos caía demasiado lejos. Curiosamente, ambos asuntos ponen de relieve las limitaciones del pacifismo, una ideología tan noble como inútil en determinados casos. Ni a los talibanes se les podía convencer con buenas palabras para que dejaran de hacer el cafre ni a Putin se le puede seducir para que deje de machacar a los ucranianos.

A Gandhi le salió muy bien todo con su pacifismo, pero el pobre fue incapaz de crear escuela. Con según que gente, es inútil clamar por la paz y la solidaridad entre seres humanos. Son unos matones de patio de colegio y solo entienden las bofetadas. Todo parece indicar que de Afganistán ya nos hemos desentendido, pero lo de Ucrania nos va a obligar a replantearnos algunas actitudes muy extendidas en este continente que no sabe defenderse solo y lleva décadas confiando en que Estados Unidos se arruine en armamento porque a nosotros, movidos por el amor a la humanidad y a la cultura, nos da vergüenza cumplir con nuestra obligación.

Aunque hay en España quien sigue con la matraca del pacifismo o echándole la culpa de todo a la OTAN, me parece indudable que la principal consecuencia de la estúpida y ruinosa machada del señor Putin va a ser que nos vamos a tener que armar hasta los dientes. Pedro Sánchez ya ha dicho que va a subir el presupuesto de defensa, lo cual ya ha alterado a esos socios de gobierno tan sensibles que tiene.

Europa se va a tener que tomar más en serio su gasto militar con vecinos tan desagradables como el inefable Vladimir. No podemos seguir confiando en que Estados Unidos nos saque las castañas del fuego porque ya hemos visto cómo han salido pitando del hoy olvidado Afganistán en vez de terminar la tarea emprendida y cuyo único final digno era la destrucción de los talibanes por el bien de la humanidad.

No sirve de nada que casi todos estemos de acuerdo en no llegar a las manos si hemos de convivir con energúmenos a los que esa posibilidad excita y estimula. Los países europeos no pueden estar dirigidos por émulos de Neville Chamberlain. Me temo que Europa va a tener que dar el callo en el nuevo paisaje mundial que nos ha pintado Putin a la vista de todos y que también está trazando, de forma algo más jesuítica, Xi Jinping.

Puede que seamos un continente putrefacto compuesto por un montón de países con pasados gloriosos y presentes de ir tirando, pero todos los desdichados del mundo se mueren por venir aquí y por algo será. A partir de ahora, aparte de cultura y educación, vamos a tener que mantener engrasado el fusil, aunque no nos guste volver metafóricamente a hacer la mili. Estamos obligados por las circunstancias y por todos esos gobernantes que no saben comportarse en público. Ha llegado el momento de enseñarles los dientes. O eso me temo.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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