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Mejor no aparezcas, papá

Ramón de España
7 min

Todo parece indicar que el Emérito se aburre como una seta en los Emiratos Árabes Unidos y que, como el personaje de la célebre ranchera, se muere por volver. Lo imagino hundido por la melancolía y sin muchas posibilidades, dado su lugar de residencia, de ahogarla en alcohol, como hacía su difunto padre cuando se pasaba la vida acodado a la barra del casino de Estoril dándole al Martini como si no hubiera un mañana (que no lo había, por lo menos para él). Tiene que ser muy triste haber sido el hombre que (se supone que) salvó la democracia en 1981 y verse ahora lejos del hogar y en una especie de extraño limbo legal del que no se sabe muy bien cómo salir. En esa dirección va, supongo, esa maniobra para intentar congraciarse con Hacienda regularizando medio millón de eurillos turbios, aunque la cosa se queda corta y es poco más que un gesto baratillo para obviar supuestas trapisondas mucho más graves (comisiones del AVE, extrañas propinas internacionales, sablazos de Corinna, esa urraca desagradecida, y demás). Yo diría que lo del medio milloncejo es para ver si declina un poco la hostilidad que el hombre ha conseguido concitar en torno a su egregia persona en la nación sobre la que reinó, pero me temo que la cosa no ha acabado de colar. Para mí que don Juan Carlos se conformaría con unos días de asueto familiar en la Zarzuela antes de regresar al tedio arábigo, pero creo que no va conseguir ni eso. De padre de familia (real) y de la patria (en general), nuestro hombre ha pasado a convertirse en un personaje secundario que molesta más que otra cosa, en una especie de pariente excéntrico cuyas salidas de pata de banco ya no hacen gracia, en un mueble aparatoso y apolillado con el que tropieza todo el mundo y que está condenado a acabar en los Encantes (en cuyas inmediaciones, por lo menos, seguro que hay un montón de bares en los que apretarse un copazo).

 El gobierno no sabe qué hacer con el Emérito. Y, lo que es aún peor, su hijo tampoco. Quiero creer que Felipe VI le tiene aprecio a su progenitor, pero éste trae más problemas que alegrías desde hace tiempo con su libido insaciable y su amor al dinerito y en España no está el horno para bollos en lo concerniente al futuro de la monarquía. Probablemente, el Emérito piensa que hoy en día ser rey es un asco, y no seré yo quién le lleve la contraria. Eran mucho mejores los tiempos en que un monarca podía trincar sin tasa, emborracharse a diario y ejercer el derecho de pernada. Lamentablemente, esos tiempos han pasado a la historia y ahora el puesto de trabajo hay que currárselo a diario y encajar las críticas del populacho, de ahí que el actual monarca se haya convertido en un tipo tan serio y aburrido que, francamente, no parece un genuino Borbón, familia dada desde siempre a la francachela y el despiporre en todos los sentidos del término.

En nada envidio la vida de Felipe VI. El vicepresidente del gobierno sueña con cortarle la cabeza o, en su defecto, enviarlo al exilio. El presidente, cada vez que le preguntan por el Emérito, no sabe qué decir y opta, como hace últimamente con mayor frecuencia y ante cualquier tema, por imitar al llorado Cantinflas. El rey no sabe cuando tiene que hablar y cuando debe quedarse callado. Contribuyendo a buscarle la ruina, unos militares jubilados que se aburren en casa le envían cartas no solicitadas, mientras al más bruto de la cuadrilla se le ocurre soltar en su chat de carcamales que lo que hay que hacer en España es fusilar a más de la mitad de la población. Con este panorama, solo le falta al pobre Felipe VI invitar a papá a pasar las navidades en familia, dándole así un montón de oportunidades para que incurra en otra de sus aficiones más notorias, la de meter la pata, en la que no brilla a la inalcanzable altura de Felipe de Edimburgo, pero no se le da nada mal. Con tu cuñado en el trullo por mangante, tu padre en el extranjero por aparentes tejemanejes financieros y tu hija que no sabes si llegará a reina, no estás para echar pelillos a la mar y hacer como que aquí no ha pasado nada.

Por consiguiente, apreciado Emérito, no se ponga usted pesado y quédese donde está en estos momentos por su mala cabeza. Hágalo por España. O por su hijo, al que un poco más y me lo deja sin su puesto de trabajo. O por el bien de la monarquía parlamentaria, que muchos preferimos a una república (sobre todo si la preside Pablo Iglesias). Ya sé que está usted mayor, que se aburre y que, por navidad, vuelve a casa todo el mundo, como nos recuerdan cada año los turrones El Almendro. Pero me temo que a usted le ha tocado pringar, algo que tampoco costaba tanto evitar: le hubiera bastado con mantener su egregio miembro viril dentro de los pantalones y las manos en el interior de sus propios bolsillos.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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