Lo importante es medrar

Ramón de España
7 min

Ante el nombramiento de Joan Subirats como nuevo ministro de universidades, la oposición ha puesto el grito en el cielo por lo que considera una nueva canallada de su vendepatrias favorito al meter en el Gobierno nacional a un sujeto que participó de manera entusiasta en el referéndum ilegal de independencia promovido por el Hombre del Maletero, como hizo constar en las redes sociales con fotos suyas en el momento de votar y comentarios en los que calificaba de democracia de la buena la charlotada a la que había decidido sumarse. La oposición no quiere ver que aquí, de lo que se trata es de medrar. Y si para medrar hay que llegar a ministro del país de al lado, pues se acepta el cargo y santas pascuas. En el caso de Subirats, además, no hay que olvidar que de joven militó en Bandera Roja, partido conocido en Cataluña por la habilidad de sus miembros para colocarse divinamente una vez llegados a la madurez (quien lo dude, no tiene más que echar un vistazo a la prodigiosa carrera política de Ferran Mascarell, arribista ejemplar). Por la gente de Bandera Roja que he conocido, les puedo asegurar que el partido estaba compuesto mayoritariamente por chicos de buena familia que o acabaron fuera de la política --tengo un amigo al que echaron por fumar canutos tras una humillante ceremonia de autocrítica que él se tomó a chufla-- o hicieron de la política su modus vivendi, medrando como buenamente podían en diversos ámbitos. Tras una carrera en la docencia no excesivamente brillante, Subirats recaló en el planeta Colau a una edad ya casi provecta, convirtiéndose en el responsable de la cosa cultural en un partido donde la cultura se la sopla a sus dirigentes, como podemos comprobar a diario los sufridos barceloneses. A bote pronto, la actividad cultural de Subirats en mi querida ciudad no me permite encontrar muchos ejemplos de su eficacia. De hecho, no se me ocurre ninguno. Pero supongo que cuando tu jefa pasa olímpicamente de los asuntos que te encarga tampoco puedes hacer gran cosa, más allá de tapar agujeros y tratar de evitar catástrofes y bochornos varios. En cuanto a su participación en el referéndum de Puchi, pues nuestro hombre siguió el ejemplo de su jefa, esa mujer que aseguraba no ser independentista, pero que, en caso de consulta por la independencia, votaría que sí. La relación entre Subirats y Colau siempre ha sido muy buena, aunque el uno se tiró 40 años dando clase y la otra no acabó la carrera porque ya estaba muy ocupada ejerciendo de activista. Se comprende el afecto del uno por la otra, ya que fue ésta quien le dio a Subirats la oportunidad de medrar que llevaba tiempo esperando: si se niega a participar en el referéndum de marras y llega a decir que la iniciativa se le antojaba una chorrada, lo más probable es que ahora no fuera ministro.

Más arriba no va a llegar, pasados los 70, pero como broche de oro de su carrera profesional no está nada mal. Sabe que es, como su antecesor, Manuel Castells, un ministro de cuota: Sánchez tiene que echarles algo a sus (molestos) socios de Podemos en Común (o como se llamen) y, además, ya tiene que aguantar en el Parlamento a dos notorios enemigos del Estado como Jaume Asens y el peronista Pisarello, así que uno más no importa. Y eso, en el caso de que pudiéramos tildar de enemigo del Estado a Subirats, quien, en mi opinión, no es más que un chico de Bandera Roja que ha sabido prosperar, como sus compañeros de célula. Y no olvidemos que, para el común de los comunes, lo fundamental es medrar, aunque para ello haya que defender una cosa y la contraria, una habilidad que Colau domina a la perfección.

Algo que también domina Colau es mentir, aunque lo hace tan mal que la pillas de inmediato. Hace años dijo que no aspiraba a la alcaldía de Barcelona porque lo suyo era la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, y ahora se prepara para un tercer mandato, a no ser que caiga una oferta de Madrid que la lleve a desdecirse de sus recientes manifestaciones, que nadie se cree, según las cuales Barcelona es el único escenario político en el que se siente cómoda. Mientras se engancha a Yolanda Díaz bajo un oportuno paraguas feminista, su enviado especial a la capital, el señor Subirats, podrá tenerla al corriente de lo que se cuece por allí y cómo sacarle jugo.

Y en cuanto al molesto episodio del referéndum, Sánchez no le da importancia porque también él vive para medrar y sabe reconocer a sus iguales. Por parte de Subirats, sus supuestas veleidades soberanistas se esfumarán en cuanto lleve unas semanas en el cargo, como se habrían esfumado las de Germà Bel si Rodríguez Zapatero, en su momento, le hubiese otorgado el ministerio al que aspiraba, o las de Ramón Cotarelo, si su peloteo al entonces presidente del Gobierno hubiera arrojado los frutos esperados. De jubilado a ministro: un gran salto para Subirats y para cualquiera. Y otra muestra de la gran capacidad de adecuación al ambiente de los good old boys de Bandera Roja.

Artículos anteriores
¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

Puede seguir todas las colaboraciones de Ramón de España en Crónica Global y Letra Global en este canal de Telegram.