A la greña hasta por la nieve

Ramón de España
7 min

Cuando un país aspira a organizar un evento deportivo internacional, lo menos que se le puede pedir es que ofrezca una imagen de decisión, eficacia y unidad, todo lo contrario que está ofreciendo la candidatura española a la organización de los juegos olímpicos de invierno de 2030, candidatura convertida desde un buen principio en una olla de grillos y una muestra de mal rollo regional que no debe de estar impresionando de forma muy positiva al Comité Olímpico Internacional, donde puede que corra la siguiente interpretación de los hechos (o alguna muy parecida).

“Que dicen en España que se ofrecen para los juegos de 2030. Pero hay una región que quiere llevar la voz cantante y ve con malos ojos la presencia de otra, aunque no le vendría nada mal la nieve que esta ofrece en sus instalaciones. Los respectivos presidentes regionales se llevan a matar y se pasan el día ofendiéndose mutuamente. No se ponen de acuerdo ni con el nombre de la candidatura. Los catalanes parecen considerar a los aragoneses unos advenedizos y unos oportunistas, y los aragoneses da la impresión de que se sienten mirados por encima del hombro y basureados por el Gobierno catalán y por el Gobierno central. El Comité Olímpico Español acaba de bendecir la iniciativa con la ausencia del mandamás aragonés, cuya actitud de humillado y ofendido a lo Dostoievski es considerada una chiquillada y una rabieta por el gobiernillo catalán. ¿Podemos fiarnos de un país que es incapaz de ponerse de acuerdo hasta para algo que, en un principio, parece beneficiarle? ¿No sería mejor deshacernos de los españoles y hacer caso a algún país en el que no se maten entre ellos a la hora de optar a organizar nada?”.

Visto con perspectiva, resulta un milagro que consiguiéramos celebrar los juegos olímpicos del 92 en Barcelona. Igual se logró porque el separatismo catalán estaba menos farruco y se limitaba a campañas y protestas identitarias a las que nadie hacía mucho caso, aunque ya entonces se intentó hacer pasar una celebración española por catalana, como si las olimpiadas, como casi todo, no fuesen una cuestión de estados. Con algunas salidas de pata de banco, los juegos del 92 se llevaron a cabo, salieron más o menos bien y sirvieron para hacer obras en Barcelona, que buena falta hacían. Se cogió la mala costumbre de intentar tirar hacia adelante con celebraciones espectaculares, eso sí, y de ahí el fiasco del Fórum de las Culturas, pero, por lo menos, durante el período de aspiración a los juegos, no se ofreció el penoso espectáculo que estamos dando ahora con lo de la olimpiada de invierno; espectáculo que, me temo, no va a contribuir especialmente a que nos sean otorgados.

Pese al sopapo del 155, digno de todo un Will Smith, el nacionalismo catalán da más la chapa ahora que en el 92, pues persiste en muchos sectores sociales y políticos la pulsión suicida que condujo el ridículo internacional de octubre del 17. Por eso, desde el principio de esta candidatura olímpica, el lazismo ha intentado convertirla en un ejemplo preclaro de catalanidad, ignorando voluntariamente que se trata de una propuesta necesitada de la bendición estatal (no basta con la de la nación sin estado) y tratando como al primo tonto del pueblo a los aragoneses, a los que se ha presentado como unos oportunistas a los que les ha dado por viajar en los vagones de primera clase del tren cuando lo suyo es circular por la vía en burro, siguiendo el ejemplo de Miguel Ligero en Nobleza baturra. Entre las humillaciones encajadas y la poca correa del presidente aragonés, hemos acabado firmando la iniciativa sin la presencia de este, que dice que ya aparecerá un día de estos (sin especificar cuándo) con una propuesta más justa con su comunidad, que, ¡atención!, “no quiere ser más que nadie, pero tampoco menos”.

¡Ahí le has dado, Lambán! ¡Ahí está el meollo de la cuestión! Lo que debería ser un asunto de interés nacional lo habéis convertido, entre el petitó de Pineda y tú, en una trifulca de tercera regional. Riesgos del autonomismo que se evitan en países organizados de otra manera. Con el café para todos llegaron las reivindicaciones para todos. Y las quejas, y las ofensas (reales o inventadas) y el quítate tú pa ponerme yo, como decían los de la Fania All Stars. Cataluña ha sido pionera en la práctica de la queja permanente y ha acabado creando escuela, como se puede comprobar en los casos de Lambán o Díaz Ayuso. Los lazis han intentado convertir los juegos de 2030 en una epopeya de la catalanidad, los aragoneses se han ofendido, el Gobierno central se ha puesto de perfil como suele y así es como nos está saliendo un pan como unas hostias de candidatura olímpica.

Sé que hay algunos años por delante para intentar suavizar las cosas, pero algo me dice que pasará exactamente lo contrario y que en el COI se nos acabarán quitando de encima con muy buen criterio (el mismo que ha llevado a Volkswagen a instalarse en Sagunto en vez de Barcelona, sin ir más lejos): si nos divierte sacarnos los ojos mutuamente, mejor hacerlo en privado y ahorrarle a la comunidad internacional un espectáculo lamentable.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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