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Gente que debería callarse

Ramón de España
5 min

Esta semana han destacado, por diferentes motivos, dos personajes del pasado a los que les hace ilusión creer que forman parte del presente: José Luís Rodríguez Zapatero y Arnaldo Otegi; el primero por solicitar indultos para nuestros héroes de la república y el segundo por haber sido entrevistado en TVE en horario de máxima audiencia.

Dado el pasado lamentable del señor Otegi, lo mejor que podría hacer es adoptar un perfil bajo y tratar de pasar desapercibido. Pero como hay tanto desinformado que considera a ese cínico el Gandhi vasco porque vio que matando gente no se llegaba muy lejos, pues el hombre va tirando, como terrorista reciclado en político, y hasta consigue un tuit afectuosamente admirativo de Bea Talegón, una mujer cuyas prioridades están muy claras a la hora de elegir la causa que defiende: le basta con que sea dañina y estúpida.

Mucha gente se ha irritado por la aparición de Otegi en TVE y los que han visto un peloteo por parte de Sánchez en caso de que su investidura dependa de Bildu han sido legión. Desde diversos ámbitos se le ha negado a este sujeto el derecho de expresarse en público, cosa que se entiende desde el sector de los familiares de las víctimas de ETA, pero que no hay por qué compartir. Como ha dicho Fernando Savater, a esta clase de gentuza hay que dejarla hablar porque ellos mismos se retratan: decir que tal vez se causó un daño superior al necesario significa que Otegi consideraba muy oportuno un poco de dolor.

Yo, que siempre lo había despreciado, comprobé tras el visionado de La pelota vasca que aquel tipo que lamentaba que los niños de Euskadi pasaran tantas horas delante del ordenador cuando deberían estar triscando por los montes era, lisa y llanamente, un simplón y un zoquete. Que hable en la tele cuanto quiera; para las sandeces que va a decir porque el coco no le da más de sí...

Zapatero no es un ser despreciable como Otegi, pero sí un político inane que no ganó unas elecciones, sino que las perdió el PP por su deplorable actitud tras el atentado de Atocha. Se inventó una cosa llamada talante que no quería decir nada, ya que todos lo tenemos, pero ese sustantivo debe ir seguido por un adjetivo para significar algo. También se sacó de la manga una alianza de civilizaciones que, pese al pomposo nombre, no fue a ninguna parte. Y le dijo a Pasqual Maragall que aceptaría el Estatut que saliera de Cataluña sin tomarse la molestia de leérselo.

Últimamente le ha dado por hacer de mediador en Venezuela y lo único que ha logrado es que la oposición al chavismo lo deteste por sus deferencias constantes a Nicolás Maduro. Y como llevábamos un tiempo sin largar, pues salió con lo de los indultos. Hasta la próxima epifanía, que no tardará en producirse.

Los expresidentes deberían estarse calladitos, sobre todo cuando su opinión no le interesa a nadie. Si prestamos atención a lo que dicen González y Aznar es porque, cada uno a su manera, tuvieron fans y hasta hooligans a cascoporro, lo que no es el caso de Zapatero, aunque muchos de quienes lo conocieron --algunos de ellos amigos del que suscribe-- aseguren que era un buen tipo. Probablemente, pero… Yo creo que hay fantasmas del pasado con derecho a la palabra y otros que no. Suena clasista, ya lo sé, pero las opiniones de un político inepto y un antiguo etarra no pueden importarme menos: el derecho a meter baza, para quien se lo trabaja.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.