Escocia no es Cataluña

Ramón de España
7 min

A primera vista, la ministra principal de Escocia y líder del SNP (Scottish National Party), Nicola Sturgeon (Irvine, 1951), parece una pelmaza monotemática de nivel cinco en cuyo caletre solo hay espacio para una idea: la independencia del terruño. En ese sentido, no se diferencia mucho de nuestros lazis, aunque es lo suficientemente razonable como para huir de la unilateralidad como de la peste, lo cual no le impide volver a dar la chapa con un nuevo referéndum de autodeterminación (el primero lo perdió en 2014) que prevé celebrar en 2023 si consigue vencer la resistencia del tarugo despeinado y metepatas que está al frente del Reino Unido por motivos que muchos no alcanzamos a columbrar, Boris Johnson, a quien pudimos escuchar no hace mucho deshaciéndose en elogios de Peppa Pig. Gracias al Brexit que le vendió Dominic Cummings, Johnson, entre muchas otras catástrofes, ha conseguido lo peor que se puede hacer con los nacionalistas: darles motivos para que se larguen y te dejen compuesto y sin reino. Creo que al cenutrio de Boris le vendrían muy bien unas lecciones de nuestro trilero en jefe, Pedro Sánchez, a la hora de tratar con sus propios lazis.

A Sánchez le interesa tan poco la independencia de Cataluña como a Johnson la de Escocia pero, a su manera, ha optado por lo que él cree que es seducción o, tal vez, la mejor manera de dejar al adversario sin argumentos convincentes para seguir insistiendo en sus delirios. De ahí la jugada maestra del indulto para los políticos catalanes participantes en la charlotada indepe de 2017. De acuerdo, ya sabemos que algunos de ellos se han tomado la medida de gracia como una nueva humillación del señorito, pero muchos catalanes la interpretaron como una muestra de buena voluntad. Se trata, diría yo, de ir arrinconando con gestos así a lo más cerril del contingente lazi, irlos dejando cada día un poco más solos y que vaya cundiendo la impresión de que son unos pobres perturbados monotemáticos que sufren de manía persecutoria y que, poco a poco, irán cayendo en la irrelevancia. Esta magnánima actitud, por otra parte, no excluye de manera esporádica las bromas pesadas, como la del 6% de catalán en Netflix, medida vagamente sugerida a sabiendas de que la normativa europea no la contemplaba sobre las plataformas de streaming con base en un país extra comunitario. Lo de Sánchez no deja de ser el proverbial mano de hierro en guante de seda (o de terciopelo, según la versión anglosajona de la expresión), pero se apoya en la teoría de que lo peor que se puede hacer con un maniático es darle motivos para perseverar en sus manías. Que es justamente lo que ha hecho el fan número uno de Peppa Pig.

Cuando el referéndum del Brexit, la mayoría de los escoceses votaron por permanecer en la Unión Europea. Cuando la consulta de independencia (que en mala hora se sacó de la chistera David Cameron y que tantos insultos de lazis escoceses le granjeó al pobre David Bowie con su defensa pública de la unidad), la mayoría de compatriotas de la señora Sturgeon optó por mantener las cosas como estaban, obedeciendo unos a motivos sentimentales y otros al temor a ser expulsados de la UE y tener que ponerse a la cola para reingresar como país independiente. Pero ahora la situación es otra: ante las burradas constantes de Johnson, los valores sentimentales han debido bajar notablemente; y el temor a salir de la UE se ha convertido en una realidad gracias al maldito referéndum del señor Cameron y la obsesión de Johnson por irse de Europa dando un portazo. En tales circunstancias, ya no es tan fácil decirle a la líder del SNP que lo suyo son manías, ya que ahora la unión con Inglaterra trae aparejadas consecuencias funestas para el paisito. Incluso los que creemos, tanto para España como para cualquier otro país, que la unidad es preferible a la disgregación, nos hemos quedado sin argumentos para decirle a la señora Sturgeon que se olvide de la independencia. Es más, los motivos para que la tenga bien presente se los ha dado el primer ministro del Reino Unido con su actitud entre victoriana y tontiloca.

Vamos a ver, a mí Nicola Sturgeon me parece tan pesada como Pilar Rahola y Elisenda Paluzie juntas pero, ¿cómo le voy a pedir que se olvide de la independencia cuando el encargado de desactivarla se ha convertido en su principal promotor? Si sigue en esa línea, Boris Johnson acabará contribuyendo de manera irreversible a la independencia de Gales y la reunificación de Irlanda. Y menos mal que ha sido el príncipe Carlos quien ha ido a Barbados para felicitarles por la independencia y disculparse por el racismo sufrido por sus habitantes, pues si llega a ir Johnson (acompañado, a ser posible, por el ectoplasma del difunto Felipe de Edimburgo, le roi de la gaffe), ya habríamos asistido al conflicto diplomático más rápido jamás habido entre una excolonia y su antigua metrópolis.

Ese hombre se va a cargar al Reino Unido en un abrir y cerrar de ojos. Se impone el impeachment y que se busque un trabajo más adecuado a sus habilidades. ¿Seguro que al parque temático de Peppa Pig no le vendría bien un nuevo director?

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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