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Desjudicializa, que algo queda

Ramón de España
4 min

Llámenme cenizo y malpensado, pero tengo la impresión de que Pedro Sánchez está empezando a agradecer a los de ERC su abstención en la investidura, tratando de que contribuyan a aprobarle los presupuestos. Las instancias judiciales que dependen del Gobierno están muy tolerantes con las salidas de tono de los nacionalistas: se les permite abrir nuevas embajadas --los nacionatas han dicho que se portarán bien, cosa no muy creíble, siendo como son--, se retrasa la inhabilitación de Torra hasta que se pronuncie el Supremo --con la colaboración entusiasta de Iceta, en una típica sobreactuación buenista del PSC-- y se opta por desjudicializar la política, uno de esos conceptos falaces del nacionalismo que el PSOE, por la cuenta que le trae, le está comprando a nuestros queridos separatistas. A todo esto, parece que Grande Marlaska mira con malos ojos al jefe de la Guardia Civil en Cataluña por haberse mostrado poco empático con los independentistas, algo bastante normal en alguien que reúne la doble condición de español y militar.

Con tal de no soltar el sillón, Sánchez es capaz de cualquier cosa, pero da un poco de penita su actitud mendicante con los nacionalistas. Lo que más me irrita es su supuesta intención de desjudicializar la política, cosa imposible cuando ciertos políticos se pasan de la raya y cometen actos que entran en colisión con el código penal, como declarar la independencia de una parte del territorio nacional (pasándose por el arco de triunfo a más de la mitad de sus conciudadanos), ciscarse en la Constitución y en el Estatuto de autonomía, organizar referéndums ilegales y demás entretenimientos del procesismo militante.

Junto a empoderar y racializar, desjudicializar me parece el verbo más idiota del momento. Las cosas no se judicializan por capricho o por amor a la represión, sino porque alguien ha incurrido en un delito y debe rendir cuentas a la justicia de su país, aunque él considere que no es su país. Topicazos como que las togas no pueden irrumpir en la política son típicos de los nacionalistas, quienes, por el mero hecho de serlo, consideran que pueden hacer lo que les salga de las narices porque todo lo que se les ocurre es, por definición, justo y necesario. Pasar de la política al banquillo es culpa exclusivamente de quienes se han saltado las leyes: si un político delinque, se ponga como se ponga el beato Junqueras, acabará ante la justicia. Y eso no es judicializar nada, sino aplicar esa ley que se supone que es igual para todos. Que las interesadas patrañas de los nacionatas sean asumidas por el presidente del Gobierno español, pensando en sus propios intereses a corto plazo, es chalaneo entre trileros, no política de Estado. Pero si Sánchez prefiere seguir los pasos del Aznar que hablaba catalán en la intimidad, poco puede hacer uno más allá de no volverle a votar jamás.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.