Tiempos de brocha gorda

Ramón de España
7 min

Ya nadie comenta el asalto al Capitolio de Washington de hace unos meses ni se pregunta si aquel esperpento fue un conato de golpe de estado en la Norteamérica del siglo XXI. Lo único que todos tenemos presente es una imagen que, en cierta medida, resume la astracanada: un descamisado tocado con un gorro de animal con cuernos que nos recuerda a los Búfalos Mojados, aquel selecto club prehistórico del que formaban parte Pedro Picapiedra y su amigo Pablo Mármol (aunque el simplón de Pedro era prácticamente Einstein comparado con el energúmeno que se coló en el Capitolio).

Hace unos pocos días tuvieron lugar en Madrid dos actos de fuerte contenido político en los que, en teoría, la derecha y la izquierda pretendían ofrecer eso que los cursis definen como la mejor versión de sí mismas. En la práctica, lo único que se ha quedado en nuestras retinas son la foto de un sujeto cubierto por una máscara de toro (en el cónclave de la plaza de Colón) y la de un individuo barbudo no binario con las uñas pintadas y zapatos de tacón (en el mitin de Podemos en Vistalegre). Ya nadie se acuerda de lo que dijo Andrés Trapiello, ni de que, pese a los esfuerzos didácticos del PSOE, no solo había fachas en la plaza, sino también gente que no veía muy claro lo de los indultos a los políticos catalanes amotinados contra el estado. Supongo que en lo de Podemos, entre las inevitables arengas seudo progresistas, debió colarse algún concepto interesante, pero soy incapaz de recordar ni uno solo. Lo único que veo cuando pienso en lo de Colón y lo de Vistalegre es al gañán de la cabeza de toro y al fluido de los tacones. El de Colón es el facha prototípico y el de Vistalegre se supone que representa la modernidad y la tolerancia (aunque no se sabe dónde termina el ser humano sexualmente liberado y empieza el mero mamarracho, o mamarrache). Cada uno a su estilo, a mí ambos me parecen unos cenutrios con ganas de destacar a los que la prensa no hubiera hecho el menor caso si no llegan a aparecer de esa guisa en sus respectivos aquelarres.

Hay que reconocer, eso sí, que ambos se habían trabajado el look a conciencia, ¡lástima que no utilicen su caletre para empresas más constructivas! El de la cabeza de toro era un tópico andante que debió avergonzar a más de uno en la concentración. Y el de los tacones –aunque desde Podemos se intente combatir la chufla que ha cosechado en las redes sociales con una campaña titulada No me toques los tacones-- plantea algunos problemas conceptuales. ¿No habíamos quedado en que los zapatos de tacón son un arma del heteropatriarcado para destrozar los pies de las mujeres e impedir su huida en caso de que algún gañán intente violarlas? ¿No eran los tacones, que imprimen un bamboleo al caminar al culo femenino para deleite del varón heterosexual, algo que va contra la auténtica naturaleza de la mujer, aunque sea bajita? ¿Qué mensaje intentaba transmitirnos exactamente el presentador del acto de la supuesta nueva izquierda?

En cualquier caso, ambos se salieron con la suya, como el representante de los Búfalos Mojados en el Capitolio. La prensa, una vez más, ha entrado al trapo, para desesperación, si estuviera vivo, del que alumbró aquello de que una imagen vale por mis palabras (también se cubren las protestas de Femen, pero no por su intención, a menudo razonable, sino porque las manifestantes llevan los pechos al aire, hecho que me lleva a hacerme preguntas parecidas a las de los tacones: ¿no contribuye esa actitud de playmate a reforzar al patriarcado, sobre todo porque casi nunca envían a gordas maduritas a cumplir la misión, sino a chicas jóvenes de muy buen ver?).

No, a veces, una imagen no solo no vale por mil palabras, sino que contribuye a borrar todo lo que se hizo y se dijo en determinados momentos. Cierto es que la gente está hasta las narices de actos y mítines políticos, por lo que agradece que le alegren la vista con ejemplos de eso que podríamos definir como mamarrachismo transversal. Ya puestos, se habría agradecido cierto seguimiento de las andanzas del Torete y la Tacones: ¿sigue el primero con la cabeza de toro puesta porque ha sido incapaz de sacársela?, ¿le salieron ampollas en los pinreles al fluido de Podemos? Ya que ambos sujetos fueron lo más relevante a nivel periodístico de los cónclaves de nuestra derecha y nuestra izquierda, ¿no deberíamos interesarnos un poco más por ellos? ¿Nadie los va a entrevistar? El Torete a Intereconomía (o como se llame ahora) y la Tacones a Tele 5, donde Jorge Javier Vázquez le podría sacar jugo en el De Luxe y, si el muchacho apunta maneras, ficharlo para un futuro reality show de la casa. Ya que nos gusta desenfocar las cosas, ¿por qué no lo hacemos a fondo?

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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