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A recaudar, a recaudar, hasta enterrarnos en el mar

Ramón de España
6 min

El mundo es injusto con las inofensivas manías de algunos. Uno de mis mejores amigos arrastra dos desde su primera juventud --votar al PSC y ver todas las películas de Woody Allen-- y, de momento, el gobierno español le deja en paz. Mis manías se remontan a la infancia y la realidad las trata peor. Aunque reconozco haber votado varias veces al PSC, acogiéndome a la teoría del mal menor, y que Woody Allen me hizo muy feliz cuando iba a la universidad, mis futesas son otras: James Bond y la Coca-Cola. En el primer caso, el coronavirus ha retrasado ya dos veces el estreno de No time to die (por no hablar del desaire experimentado al ver que Josep María Mainat utilizaba esa frase en Twitter para aludir a su reciente y desafortunado incidente doméstico); en el segundo, el gobierno se dispone a aplicarle un IVA del 21% junto a las demás bebidas azucaradas (como si uno no sufriera ya lo bastante buscando la versión sin cafeína ni azúcar, que no se sirve en ningún bar y solo encuentro en un badulaque del barrio; por cierto, como mi Coca-Cola no lleva azúcar, ¿me libraré del aumento? Algo me dice que no).

Soy consciente de que la Coca Cola no es una materia de primera necesidad para la mayoría de los españoles, ¡pero para mí sí! Incluirla entre los productos de interés recaudatorio viene acompañado además de la misma moralina que el estado aplica al alcohol y al tabaco: no es buena para la salud. ¡Tampoco este gobierno es bueno para la salud de nadie y ahí está, como la Puerta de Alcalá, viendo pasar el tiempo! Genuina gota en el océano, la Coca-Cola es solo un elemento más de los que permitirán a nuestro gobierno actual recaudar cerca de 7.000 millones de euros en 2021. No digo que no nos hagan falta, pero, bebidas refrescantes aparte, lo que me genera cierta preocupación es el destino de esos 7.000 millones. Por no hablar de los 140.000 que nos tienen que caer de la Unión Europea y que vaya usted a saber cómo se distribuyen. En resumidas cuentas: no estoy en contra de pagar impuestos, sino de lo que hagan con ellos los fenómenos de feria que ostentan el poder nacional y el autonómico.

En Cataluña ya estamos acostumbrados a que el gobiernillo se gaste el dinero en memeces (la última, hasta ahora, la pensión vitalicia de Quim Torra, que incluye palacete gerundense, tres asistentes, secretaria y coche oficial con chófer), y el gobierno, a tenor del discurso eufórico del presidente de hace unos días (amargado por el poder judicial al interesarse por las trapisondas del vicepresidente en el mundo de la telefonía móvil), da toda la impresión de estar dispuesto a sacarse de la manga todo tipo de ideas de bombero. Lo que es evidente es que tanto el uno como el otro necesitan dinero. Y uno se lo daría de mil amores si confiara en ellos, lo que no es el caso (con respecto al gobiernillo, aún está reciente el mordisco de quince kilos a los fondos contra el Covid para inyectarlos en TV3 y asegurar el bienestar de Toni Soler). Yo diría que a todos nos parece bien apoquinar para mejorar la vida de nuestros compatriotas, pero no para pagar pensiones a inútiles o sufragar el incremento desmesurado de ministros, ministrillos, asesores y asesorillos dispuestos a dejarse los monises en entelequias como la memoria histérica (que no histórica), la digitalización (suena muy bien, pero nadie sabe en qué consiste), la resiliencia (neologismo pijo para consejeros delegados que se hacen llamar CEO), la resurrección de Companys y Largo Caballero y otros asuntos tan poco necesarios para la comunidad como la Coca-Cola. Si esos 7.000 millones solo dan para subir un 0´9 las pensiones de los jubilados, apaga y vámonos, Pedro.

Yo creo que cada contribuyente es, en cierta medida, como el accionista de una empresa, así que tendría derecho a supervisar las iniciativas del consejero delegado (perdón, CEO); pero lo único que se permite es elegir cada cuatro años entre diferentes ineptos con tendencia al despilfarro general y al lucro particular. Que el PSOE se mantenga el primero en las encuestas de intención de voto solo se explica por la oposición con la que cuenta, que es para echarse a llorar. Animado por esa evidencia, Sánchez se dispone a soplarnos 7.000 millones de euros, a magrear la judicatura en su beneficio (con la complicidad del PP por resistirse a medidas de obligado cumplimiento) y a seguir riéndole las gracias a Pabloide y a Rufi porque no cuenta con nada más que esos dos fantasmones para conservar el cargo.

Vale, aflojaremos la mosca, pero, por lo menos, métanse la resiliencia por donde les quepa y no me digan que me suben la Coca-Cola por mi propio bien: que me deje timar no implica que también me tomen por tonto.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.