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Bombas de quita y pon

Ramón de España
5 min

La política económica internacional incluye hacer negocios con gente poco recomendable. Con Arabia Saudí, por ejemplo, país al que muchos acusan de financiar el terrorismo islámico. Como ustedes ya sabrán, España le iba a vender unas corbetas y unas bombas para que siguiese machacando al Yemen a base de bien; la ministra del ramo dijo que a esa gente no se le podían vender bombas y la transacción quedó suspendida momentáneamente; finalmente, se impuso la ley del euro, la ministra fue desautorizada por sus superiores y las bombas de marras acabarán en manos de los saudíes. No sé si hemos quedado muy bien con estos tejemanejes, pero lo peor han sido las explicaciones posteriores, según las cuales nuestras bombas son prácticamente inofensivas, como de atrezo, y son incapaces de destrozar a ningún yemení porque, en el fondo, son más buenas que el pan. O algo parecido.

Yo hubiese preferido una explicación más sincera. Como ésta: "Pues sí, amigos, les hemos vendido las bombas a los saudíes porque la pela es la pela y, total, si no se las vendemos nosotros, otro lo hará y nos soplará los monises. Por no hablar de que esa gentuza es capaz de rebotarse y jodernos lo del AVE a La Meca, que lo tenemos prácticamente en el bote. En el frente doméstico, si nos negamos a proporcionarles las bombas a esos carniceros, se nos sublevarán los trabajadores de la industria armamentística y más vale yemení muerto que español en el paro. No tenemos ni idea del uso que harán los saudíes de nuestro armamento, pero una vez hayamos cobrado, a mí que me registren. No siempre puede uno elegir a la gente con la que hace negocios, pero si se fabrican armas habrá que endilgárselas a alguien, ¿no? Este gobierno intenta contentar a todo el mundo y eso no siempre es posible. Por eso un día salvamos a los del Aquarius y al siguiente devolvemos a Marruecos ipso facto a los ciento y pico desgraciados que se colaron en Ceuta de manera muy descortés, por cierto, arrojando cal viva, piedras y palos a la Benemérita. Por eso desactivamos ventas de bombas y luego las volvemos a activar. Total, la Unión Europea tampoco tiene reglas al respecto y, en cuanto hay algún problema que afecta a todos los países, no se oyen más que silbidos ni se ven más que caras de yo-no-fui. En fin, como ya dijo Sandro Giacobbe, lo siento mucho, la vida es así, no la he inventado yo. Y ahora, hala, ¡a cascarla!".

Lamentablemente, estas muestras de realpolitik son escasas en la España actual, un país en el que las bombas no matan, las concertinas no desgarran la piel del africano de turno hasta que se desangra y los bancos son simples ONG que se desviven por el pelagatos medio. ¿Tanto cuesta reconocer, con el menor cinismo posible, que nos conviene vender las armas que fabricamos, aunque sea a la familia Manson? ¿No es verdad que sin concertinas las fronteras con Marruecos serían un coladero mayor del que ya son? ¿Acaso la banca es algo más que la usura legalizada? ¿No sobornamos los europeos al sátrapa de Erdogan para que se apañe con los negros que no nos caben en nuestros países? ¿No son las cuestiones morales un lujo que este continente no quiere ni puede permitirse? Pues que los gobiernos lo reconozcan de una vez y nos ahorren las excusas inverosímiles y la moralina de estar por casa, que parece que nos tomen por tontos. Y tontos no somos. Un pelín egoístas e insensibles, puede, pero de tontos, nada.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.