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Próxima parada: Guantánamo

Ramón de España
6 min

En todo drama humano, a poco que rasquemos, podemos encontrar detalles de una comicidad habitualmente involuntaria. Y no me refiero al majareta de Abascal iniciando su campaña electoral a los pies de la estatua de Don Pelayo (que también), sino a la nada digna expulsión de Julian Assange de su hogar durante los últimos siete años, la embajada ecuatoriana en Londres.

La imagen del activista encogido, con barba de profeta y una expresión de estupor total mientras unos policías británicos lo arrastran hacia la furgoneta es lamentable y un pelín ridícula. Ni a Bertie Wooster, el señorito inútil de los relatos de P. G. Wodehouse, lo echaban así de las mansiones campestres en las que solía pegar la gorra, ya que la mayor indirecta sobre que empezaba a abusar de la paciencia de sus anfitriones consistía en la aparición en su mesita de noche de un horario de ferrocarriles.

Nada me gustaría más que poder suscribir la versión progresista de la historia, según la cual Assange es un héroe contemporáneo en lucha permanente contra los políticos corruptos y los implacables potentados de este mundo y que el presidente del Ecuador, Lenin Moreno, es un facha al que Assange acababa de desenmascarar con la publicación de unos documentos sobre sus supuestas corruptelas, como afirma el señor Correa, anterior mandamás de la nación. Por el contrario, Assange me parece un tipo con más sombras que luces y con un ego más grande que el Camp Nou del que sus antiguos colaboradores echan pestes y acusan de ir de justiciero cuando su principal obsesión era figurar y hacerse famoso a cualquier precio.

Nunca me gustó el modo en que se aprovechó del soldado Manning --cuya presencia en el ejército machista de los Estados Unidos, donde se le trataba a patadas, nadie entendió nunca-- para extraerle información, potenciando sus ansias de venganza personal. Manning era un pobre infeliz que no sabía dónde le daba el aire y que, por no saber, no sabía si era un hombre o una mujer, pero le cayó encima todo el peso de la ley y, aunque fue amnistiado/a por Barack Obama, vuelve a estar en el trullo con la administración Trump.

No entendí en su momento por qué contribuía a la ejecución electoral de Hillary Clinton con la distribución de sus e​mails, solo o en compañía del servicio secreto ruso, de la camarilla de Trump o de ambas siniestras pandillas. Tampoco entendí qué le pasaba cuando se puso a defender el prusés con su gran amiga Pamela Anderson, a no ser que le cayera una sopa boba de los rusos, que con tal de envenenar el ambiente en Europa son capaces de cualquier cosa.

A medida que iban pasando los años de voluntario cautiverio, el héroe de la libertad de expresión iba mutando poco a poco en un sujeto turbio con unos objetivos no muy claros (Trump lo adoraba cuando estaba en campaña, aunque ahora diga que por la W de Wikileaks no le sale nada). La publicación de los nombres de agentes sobre el terreno en Afganistán e Irak puso en peligro a un montón de gente y lo suyo empezó a parecerse peligrosamente a la alta traición.

Pero ahora no se habla de nada de eso. Nos estamos quedando con los elementos más chuscos del asunto. Y así nos hemos enterado de que el señor Assange trataba con arrogancia a los trabajadores de la embajada ecuatoriana, se duchaba poco, no cambiaba nunca la arena del gato, pintaba las paredes con su propia mierda y disponía de un cuarto/zulo en el que no entraba nadie a causa del mal olor imperante. Ah, y tenía la molesta costumbre de pasearse en calzoncillos por la embajada. Si todo esto es cierto, el héroe de la red se convierte en un gorrón insoportable. Por no hablar de su insistencia en crear problemas al Ecuador --le habían concedido la nacionalidad, pero ya se la han retirado-- con lo del prusés y las supuestas trapisondas de Lenin Moreno.

Dice un refrán anglosajón que Beggars can't be choosers (Los que piden no pueden escoger o Los mendigos no pueden ser selectivos), pero parece que Assange lo desconoce. No sé qué será de él a partir de ahora --me temo que nada bueno--, pero pasar de hacker justiciero a insufrible gorrón de la noche al día es una deshonra asaz humillante. Y Bertie Wooster, por cierto, era mucho más simpático.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.