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Qué solo se está en la cumbre. ¡Y qué a gusto!

Ramón de España
5 min

Aunque todos nos hemos dado cuenta de que el Ciudadanos de hoy no tiene nada que ver con el de ayer -que a muchos nos gustaba más-, Albert Rivera se empeña en dejarlo claro cada día, por si algunos de nosotros fuésemos ligeramente sordos o cortos de vista. Empezó, sin que nadie se lo pidiera, renunciando a la socialdemocracia, como si estuviese haciendo la primera comunión y rechazando a Satanás, a sus pompas y a sus glorias. Luego tuvo la brillante idea de establecer un cordón sanitario en torno a Pedro Sánchez, convertido para la ocasión en el Anticristo (pactar con Vox, por el contrario, le parecía lo más normal del mundo, como cuando metió la pata hace años con lo de Libertas). Suma y sigue: le ofrece un pacto preelectoral a Pablo Casado y éste, de manera displicente y un pelín humillante, le dice que ya puede contar con la cartera de Asuntos Exteriores en su flamante gobierno (“No, no, que el presidente del gobierno seré yo”, clama Rivera sin que el otro se de por aludido). Última hazaña: para seguir insistiendo en que se la pela el núcleo fundacional del partido, se carga a Teresa Giménez Barbat, que llevaba a cabo una meritoria labor humanista en Europa al frente de Euromind. ¿Qué será lo próximo? ¿Soltarle dos guantazos a Francesc de Carreras o a Boadella si se los cruza por algún lado?

Nunca sabremos si la deriva derechista de Rivera es algo sentido o simple oportunismo. O si, en un rapto de generosidad, pretende devolverles al PSC los votantes sustraídos ante el síndrome de Estocolmo nacionalista de los de Iceta, pero si esa es la intención, debo decirle que va por muy buen camino. Reconozco que empecé a perderle un poco el respeto cuando me llegó -desde dentro del partido- la información de que Albert no leía un libro ni que lo mataran y que su cantante de referencia era Alejandro Sanz, pero quería seguir creyendo en ese partido que, hace unos años, se atrevió a plantar cara en Cataluña a los nacionalistas, gracias en parte a una pandilla de gente que sí lee libros y de la que ahora se quiere deshacer cuanto antes, olvidando que fueron ellos quienes le apoyaron cuando no lo conocía ni su padre. He conocido y apreciado a gente estupenda en Ciudadanos, pero su jefe ha dejado de inspirarme la más mínima confianza: me temo que solo es un sujeto muy ambicioso que hará lo que considere necesario para llegar a presidente de la nación, aunque se le empieza a poner cara de acabar quedándose con las ganas.

Rivera y su fiel Villegas son especialistas en castigar a lo mejor que tienen. Véase el caso Giménez Barbat. O el de Jordi Cañas, un socialdemócrata -y un gran tipo- al que en estos momentos no saben si enviarlo a Europa o a la mierda. Rivera ya no se habla con Manuel Valls, aunque se supone que éste es su candidato a la alcaldía de Barcelona. Y a ver con qué más nos sale de aquí al 28 de abril. Yo no sé si la política ha podrido a Rivera o si ya venía podrido de casa, pero lo cierto es que se ha cargado una propuesta que, en sus inicios, era fresca, estimulante y necesaria. Tal vez porque sus impulsores leían libros, no escuchaban a Alejandro Sanz y no imitaban a los nacionalistas envolviéndose constantemente en la bandera, que últimamente es la distracción favorita de Rivera, quien se dedica a competir con Casado y Abascal por ver quién tiene la bandera más grande, más calentita y más acogedora. Y lo que podría haber sido un necesario partido de centro izquierda antinacionalista ha acabado convertido en una opción más de la derechona. ¡Te has lucido, Alberto Carlos!

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.