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Un hombre muy arrepentido

Ramón de España
5 min

Josep Lluís Trapero es el personaje más trágico del prusés. A diferencia de los políticos enjaulados que lo metieron en el fregado que le costó la carrera, se comporta como los arrepentidos de la mafia, cargando contra los presidiarios y los fugitivos y tratando de disculparse a sí mismo y al cuerpo policial del que forma parte. A veces le resulta difícil, como cuando dice que ni él ni sus muchachos contribuyeron, por acción u omisión, a la charlotada independentista de octubre de 2017: todos hemos visto las imágenes de mossos tocándose el níspero --como los bomberos durante los últimos disturbios--, confraternizando con los participantes en la votación ilegal y recibiendo felices los aplausos del populacho procesista.

Aunque asegure que su relación con Puigdemont era estrictamente profesional, todos lo hemos visto, con su camisa hawaiana de mercadillo, preparando la paella en la segunda residencia de Pilar Rahola en Cadaqués. ¿No sería mejor que optara por la sinceridad, reconociera que se vino arriba cuando el govern lo convirtió en héroe nacional de Cataluña tras los atentados de la Rambla y de Cambrils y que luego se vio metido, por sus ansias de medrar, en un lío del que no supo cómo salir? Puede que no evite el talego, pero igual consigue una recomendación de la judicatura para que lo acepten como segurata en el Bonpreu a la salida de presidio.

A diferencia de los políticos en el trullo, Trapero no muestra ningún orgullo por su actuación durante el levantamiento burgués de 2017. Su aspecto es el de un hombre atormentado que calculó mal a la hora de tomar partido y no se dio cuenta de que la autoridad nacional está por encima de la regional. Puede que sea cierto que tenía un plan maestro para detener a los políticos sublevados, pero hizo mal en no ponerlo por escrito, ya que ahora solo cuenta con su palabra, que no cotiza muy alto en el juicio al que se está enfrentando.

Lejos del sostenella y no enmendalla de sus mandos políticos, el hombre lleva dos años apartado del foco público y tratando de pasar desapercibido, como si así se fuesen a olvidar de él, una actitud encomiable, aunque un tanto avestrucesca, que no le ha dado ningún resultado.

 A Trapero, la independencia de Cataluña le trae sin cuidado y hasta ha llegado a tildarla de barbaridad. No para de quitarse el muerto de encima y arrojarlo sobre los políticos, pero su catálogo de excusas, aparentemente interminable, no convence a los fiscales, que lo van arrinconando a diario hasta encontrar un motivo de peso para enviarlo al trullo.

Lo más sorprendente es que un medrador profesional como Trapero no se diera cuenta en su momento de que Puigdemont y sus secuaces le estaban buscando la ruina al convertirlo en el SuperCop de Cataluña. Ahora, todo lo que cuenta en el juicio suena a esfuerzos por escurrir el bulto. Si la cosa dependiera de Pedro Sánchez, el hombre saldría absuelto y con la Laureada de San Fernando clavada en el pecho, pero la justicia va a su bola y las irregularidades de la actitud de Trapero y sus chicos, cuando el grotesco conato de golpe de estado, son numerosas.

El arrepentimiento no se lo discute nadie: basta con verle el careto de hombre atribulado que, si pudiera volver a su reciente pasado, se portaría de otra manera. Pero los viajes en el tiempo son imposibles, Trapero hizo lo que hizo (y no hizo lo que no hizo) y aquí no hay más cera que la que arde. Recomiendo, de todos modos, una sentencia suave. Y, a ser posible, esa carta de recomendación para el Bonpreu: la va a necesitar.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.