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Invasión de incompetencias

Ramón de España
5 min

Supongo que conocen ese dicho, tan chino como el coronavirus, según el cual, cuando el dedo señala la luna, los tontos se fijan en el dedo. Yo creo que le va como anillo al dedo al presidente (inhabilitado) de la Generalitat, que lleva con un berrinche tremendo desde que el gobierno de la nación (la de verdad, no la que él alberga en su imaginación calenturienta) optó por centralizar la respuesta al coronavirus y poner a las administraciones regionales como nuestra Generalitat bajo el control de los ministerios de Salud, Defensa e Interior. En vez de mirar la luna (la mejor manera de hacer frente a una amenaza global), Torra se ha quedado con la vista fijada en el dedo (la supuesta invasión de sus competencias o, en este caso, sus incompetencias, que son muchas y variadas).

Según él, su (digamos) administración lo está haciendo mucho mejor que la española, y como muestra de ello nos envía a TV3 a Miquel Buch, el segurata de discoteca aupado a la consejería de Interior por su adhesión inquebrantable al régimen, y a Alba Vergès, que ostenta la cartera de Salud por los mismos motivos: corre una foto por Internet de la buena señora junto a su bebé que resulta aún más preocupante que lo de echarse a llorar en público para tranquilizar a la población (¡peculiar manera de hacerlo!), aunque no faltan los procesistas capaces de afirmar que Vergès llora porque es humana, tiene un corazón que no le cabe en el cuerpo y se encuentra muy afectada por tener a la familia confinada en Igualada; la foto, en la que se ve a la consellera luciendo sonrisita de poseída por el Maligno, sosteniendo una estelada y mostrando a un bebé cubierto por una mantita amarilla con mini estelada justificaría que los servicios sociales le requisaran al inocente mamoncillo para ponerlo a salvo de su enajenada madre.

Como estoy imbuido, aunque sea a la fuerza, de espíritu oriental, diría que Quim Torra es un hombre que, obsesionado con un sueño imposible que es la pesadilla de más de la mitad de lo que él llama compatriotas, emite unas vibraciones muy chungas.

Por no hablar de que, si te fijas un poco, observas que tiene el aura hecha unos zorros y que hay en ella más mierda que en los establos de Augías. El karma gasta muy malas pasadas a esa clase de gente, como demuestra el hecho de que nuestro conducator suplente haya caído víctima de una fiebre amarilla que no es la suya. Como no comparto la miseria moral de Clara Ponsatí, no le deseo un rápido viaje de Barcelona al cielo, sino que se recupere cuanto antes para que lo puedan inhabilitar definitivamente el día que toque.

Eso sí, ya que se confina para salir cuanto antes de este molesto trance, lo menos que podría hacer es no amenazarnos como hizo desde la seva, cuando aseguró que, pese a esta contrariedad del coronavirus, seguía al timón del gobierno de esta nación milenaria.

Cosa que, además de una amenaza, sería una falsedad, ya que el hombre lleva años sin estar al timón de nada que no sea la gestión de un delirio simbólico, dado que con la realidad mantiene una relación cuanto menos oblicua. Hágame caso, señor Torra, usted a descansar, a inflarse de tila para evitar las rabietas pueriles que protagoniza y a dejar que la trama civil del golpe (el comisario político Colomines o la cheerleader en jefe de la república que no existe Rahola) se encargue de insistir en que lo del gobierno español es un 155 disfrazado de emergencia médica y que se está procediendo a un ataque sin precedentes al ser de la patria.

A cuidarse esa tos, president, y recuerde: ¡siempre contra el codo, nunca sobre la mano! Y aproveche para limpiarse el aura, que da pena verla.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.