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El cesante y su mesa

Ramón de España
5 min

Mientras los catalanes seguimos cayendo como moscas por culpa del coronavirus, nuestro presidente, que ha recuperado las competencias, pero no se ha recuperado de su incompetencia, dedica su tiempo a las cosas realmente importantes, como (intentar) cesar al letrado del Parlament Xavier Muro (sin éxito hasta el momento: su condición de cesante contribuye a que los de ERC no le hagan el más mínimo caso) y amenazar (¿a quién?) con trasladar a Europa esa mesa de negociación con el gobierno español que no se pone en marcha ni a tiros, tal vez porque las partes implicadas saben que no va a ninguna parte. Torra quiere hablar de autodeterminación y amnistía para los presos patrióticos, pero Sánchez se muestra dispuesto a abordar cualquier tema a excepción de esos dos que tanto preocupan al pre-inhabilitado vicario del ausente Puigdemont. Conclusión: los unos por los otros, la casa sin barrer. De ahí que nuestro conducator haya alumbrado la brillante idea de trasladar la mesa a Europa, algo muy fácil de decir, pero no sé si tanto de llevar a cabo.

Para empezar, hace falta que haya alguien en Europa dispuesto a escuchar las quejas de nuestro Cansino en Jefe, lo cual no parece muy probable en la actual situación sanitaria y económica del continente, agravada por problemas puntuales más serios que los de Cataluña, como la situación en Bielorrusia. Me temo que nadie comparte la teoría del señor Alay, sicofante de referencia de Puigdemont, según la cual el problema catalán es más grave y más urgente que el de los bielorrusos. Así pues, esa difusa amenaza de llevarse la mesa (¿qué mesa?) a Europa no parece preocupar mucho al Gobierno español, lógicamente interesado en retrasar la tabarra catalana todo lo posible: es evidente que Sánchez leyó aquel libro de Dilbert que se titulaba Always postpone meetings with time wasting morons (Pospón siempre las reuniones con merluzos que te hacen perder el tiempo).

Mientras los ciudadanos pillan un virus malévolo a manadas y hay que tirar a la basura la última campaña publicitaria de la Grossa por sobredosis de cinismo, Torra se dedica a empujar una mesa inexistente hacia la frontera con Francia y más allá. No nos explica cómo piensa organizar la cosa porque lo más probable es que no tenga ni idea al respecto. De momento, con una frase rimbombante ("¡me llevo la mesa a Europa!"), vamos que chutamos.

Lo fundamental es no reconocer jamás la propia irrelevancia y hacer como que se va a eternizar en el cargo. Lamentablemente, nadie se lo cree, y de ahí la displicencia española con su mesa de marras y el cachondeo de ERC ante su conato de acabar con la separación de poderes en Cataluña. Ante semejante tesitura, lo suyo sería convocar elecciones e irse a casa antes de que lo envíe la justicia española, pero Torra es, por encima de todo, un pelmazo impresionante, un brasas descomunal, un cansino insuperable: de ahí la venganza contra el letrado Muro, la absurda amenaza de llevarse a Europa una supuesta mesa de diálogo, la insistencia cerril en amnistías y referendos. Torra ya puso el broche de oro a su administración subiendo la pensión de los expresidentes de la Generalitat (es decir, subiéndosela a sí mismo), así que todo lo que haga hasta que le toque abandonar el cargo es perfectamente inútil. Alguien de su entorno más inmediato debería hacérselo ver para que dejara de alargar eso que en el lenguaje deportivo anglosajón se conoce como los minutos de la basura (aunque en su caso creo que se puede hablar, directamente, de la presidencia de la basura).

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.