Los pelmazos más caros del mundo

Ramón de España
7 min

A uno ya no le sorprende casi nada de lo que sucede en la Cataluña procesista, pero hay un tema que no consigo entender por qué no levanta un poco más de interés entre la población. Me refiero a los sueldos escandalosos de nuestros políticos, que son públicos y están al alcance de todos, pero a nadie parecen indignar. Mis conciudadanos son capaces de prenderle fuego a Barcelona en defensa de un tarugo de Lérida que dice que rapea, pero les resultan indiferentes las sumas desquiciadas de dinero que se embolsan el presidente de la Generalitat, la presidenta del Parlament y otros 300 cargos oficiales más, que suelen superar con creces los sueldos de sus homólogos en el resto de España y que, en el caso de los dos primeros, casi doblan la pasta que cobra mensualmente el presidente del gobierno español. En nombre de Pablo Hasél y su libertad de expresión, la gente es capaz hasta de prenderle fuego a una furgoneta de la Guardia Urbana, pero el hecho de que Laura Borràs, recién nombrada presidenta del parlamento regional, nos vaya a soplar más de 150.000 euros al año por practicar la impracticable confrontación inteligente con el estado nos deja fríos, hasta el punto de que ni tan solo se organiza una discreta concentración en la plaza de Sant Jaume para protestar por semejante despilfarro. ¿Cabe la posibilidad de que este tema solo me preocupe a mí?

Añadiendo al insulto la afrenta, cada vez que un político local ha sugerido que igual podrían bajarse todos un poco el sueldo --es decir, que un poquito de por favor al respecto--, el resto se le ha echado encima acusándolo de demagogo. Que el presidente de una comunidad autónoma de cerca de siete millones de habitantes cobre prácticamente el doble que el baranda en jefe de una nación de más de cuarenta millones se me antoja un disparate que, curiosamente, parece pasarle inadvertido a la mayoría de mis conciudadanos (sobre todo, si militan en el lazismo). Si encima --como fue el caso de Torra--, ese dineral era para alguien que lo único que hacía era sembrar cizaña y promocionar la ratafía, la cosa alcanza ya dimensiones burlescas (y cuando nos libramos de él, como se ve que nos sobran los monises, le adjudicamos una pensión señorial y lo alojamos en un palacete de Girona para que se dedique a…Pues lo ignoro, la verdad, ya que lo único que puede poner en práctica es una versión atenuada de sus proverbiales ganas de chinchar y de envenenar el ambiente.

La gente de Junts x Puchi anda muy cabreada con Vicent Sanchis, director de TV3, porque la otra noche, entrevistando a la Geganta del Pi, llegó a preguntarle hasta en tres ocasiones por sus problemas con la justicia, derivados de su condición de presunta corrupta. Para varias lumbreras neo convergentes --entre ellas, la gran Rosario Palomino, catalana nacida en Perú que se ha propuesto pillar cacho como sea en la república catalana que no existe, idiota-- Sanchis se portó como un inquisidor, cuando habría que celebrar que a veces aún recuerda que es periodista (además de comisario político). Yo creo que el amigo Sanchis dejó pasar la ocasión de preguntarle por ese asunto de los sueldos que a mí tanto me inquieta, pero también es verdad que el suyo es un pelín exagerado y debió pensar, juiciosamente, que más valía no sacar el tema.

Una lástima, pues si hay en Cataluña una persona cuyo sueldo equivalga a tirar el dinero a la basura, esa persona es Laura Borràs, cuya presidencia del Parlament solo garantiza la bronca permanente con el estado, un flujo inagotable de ideas de bombero y la puesta en práctica constante de eso que Puchi llama “confrontación inteligente” y que es un oxímoron absoluto, ya que la confrontación con alguien capacitado para inhabilitarte o, incluso, meterte en la cárcel puede ser cualquier cosa menos inteligente. Cuando se forme gobierno, se publicarán los sueldos de presidentes, vicepresidentes, funcionarios, funcionarillos, subsecretarios y subsecretarillos, y observaremos de nuevo que nos han vuelto a endilgar las cuentas del Gran Capitán ---picos, palas y azadones, ¡cincuenta millones!-- y que esa pandilla nos cuesta más que varios hijos tontos. Pero intuyo que seguiremos sin hacer nada al respecto, a no ser que consigamos convencer a aquellos gallegos de no sé qué restaurante que atacaron la Generalitat con bolsas llenas de sangre para que representen gráficamente nuestra indignación.

Aunque también es posible que dicha indignación solo la experimentemos unos cuantos demagogos como yo y que la mayoría de la población considere que nuestros padres de la patria todavía cobran poco para lo mucho que hacen con la intención de llevarnos a Ítaca. La verdad es que no me extrañaría lo más mínimo. ¿Alguien dijo algo cuando Torra se subió el sueldo nada más llegar a presidente y la pensión nada más enterarse de que lo inhabilitaban por un quítame allá esa pancarta? Yo no lo recuerdo, pero ya se sabe que los demagogos tenemos una memoria selectiva y solo nos mueve el ansia de hacer daño a la patria. Y la envidia por los sueldazos ajenos, claro.

 

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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