La sopa boba institucional

Ramón de España
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Cualquiera que, como yo, se tomara ayer la molestia de visitar los diarios digitales del régimen, pudo comprobar la diferente reacción de sus mandamases a la información recién publicada sobre el gasto de la Generalitat en publicidad institucional. Mientras en El Nacional y Nació Digital reinaba un silencio sepulcral al respecto, en Vilaweb y El Món se registraba cierta indignación a través de sendos editoriales de sus jefazos, Vicent Partal y Salvador Cot. ¿Motivo de la calma en unos sitios y del malhumor en otros? Pues el de siempre en el mundo lazi, el dinero.

Aunque el grueso de esa mezcla de información y soborno que es la publicidad institucional va a parar, todavía, a la prensa de papel, donde el grupo Godó y Prensa Ibérica se llevan la mayor tajada porque para algo editan, respectivamente, La Vanguardia y El Periódico, el mundo online también pilla lo que puede de ese dinero de todos que el gobiernillo reparte de la manera que más le conviene. Y resulta que El Nacional y Nació Digital arramblaron en 2020 con unos 600.000 euros por barba, euro arriba, euro abajo, mientras que Vilaweb y El Món apenas rozaron los 130.000 (huelga decir que en esta santa casa no vimos ni un duro, aunque vamos los segundos, justo detrás de lo de Pepe Antich, en la lista de los digitales más leídos en Cataluña). Resulta evidente de la lectura de sus respectivos editoriales que Partal y Cot están que trinan con los escasos monises que les caen en la rifa, aunque lo disimulen muy bien de justa indignación ante las arbitrariedades del sistema.

Desde un punto de vista moral, si es que ese término puede usarse en el inframundo lazi, yo diría que tienen motivos para el rebote: a fin de cuentas, Partal y Cot son dos patriotas de piedra picada, dos true believers de la independencia que no albergan ninguna otra idea en la cabeza, mientras que Pepe Antich, jefazo de El Nacional, es un oportunista movido por el afán de lucro que va modulando su discurso indepe en función de donde viene la pasta: venga de donde venga --o sea, de los únicos sitios de los que puede venir, ERC y Junts x Puchi--, Pepe se las apañará para pillarla con una habilidad que ya puso en práctica cuando dirigía La Vanguardia y casi consigue que al señor conde le quiten el título de grande de España, habilidad de la que carecen los independentistas de raza que controlan Vilaweb y El Món, cuya audiencia, además, está bastante por debajo de la que consigue el tío Pepe.

La publicidad institucional cumple, básicamente, dos funciones: llegar a cuanta más gente mejor, aunque frecuentemente solo sea para intoxicarla con versiones aproximativas de la realidad, y premiar a los medios que más halagan o menos molestan al que controla la repartidora. En una época como la presente, en la que la prensa de papel va de capa caída y la digital ve cómo se incrementa a diario la competencia, el dinerito público disfrazado de publicidad viene francamente bien. Lamentablemente, nunca llueve a gusto de todos, la sopa boba no siempre está en las mismas manos y siempre hay quien sale ganando y quien sale perdiendo.

Desde Crónica Global, por supuesto, estos rebotes de patriotas que se sienten maltratados por la Administración se nos antojan problemas de ricos: dada nuestra manera de ir por el mundo lazi, es como si no existiéramos para el gobiernillosuerte tenemos si los de Arran no aparecen con más frecuencia por la redacción para prenderle fuego. De todos modos, supongo que es triste darse cuenta de que la inminente república trata mejor a los arribistas que a los creyentes. Aunque por algo será, digo yo: ¿tal vez porque son más listos?

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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