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El síndrome Gandhi

Ramón de España
5 min

Había que hacer algo. Y rapidito. Las protestas de médicos, profesores y bomberos tenían un tufo social que no le hizo ninguna gracia al régimen: a la calle se sale únicamente para reclamar la república y exigir la libertad de los presidiarios patrióticos. Lo dijo bien claro el hombre perseguido por un extraño en patinete: todo esto son chorradas que nos alejan de lo realmente importante. Había que dar un golpe de efecto para que volviese la burra al trigo y le tocó a los del frente de prisiones. Entre las ganas de dar la nota, la admiración por el pobre Gandhi --que no tiene la culpa de los fans que se le enganchan-- y las ganas de jorobar a ERC, ¡esos botiflers pusilánimes reacios a la unilateralidad!, Jordi Sánchez y Jordi Turull se pusieron en huelga de hambre. Y luego, tras pensárselo un poco, se sumaron Rull --mejor ayunar que volver a sufrir las flatulencias del condumio del trullo, que tanto le amargaron la vida en su momento a su compañero de celda, el sufrido Turull-- y Forn. No parece que ninguno de ellos esté dispuesto a seguir el camino de Bobby Sands --aceptan líquidos, lo que les permite resistir tres semanas sin empeorar demasiado--, pero el martirologio siempre da algún que otro fruto. Y se trata de no comer para que el líder ausente pueda seguir comiendo.

Como es del dominio público, la relación entre los de Cocomocho y los del beato Junqueras va de mal en peor. Los radicales se han convertido en moderados y posibilistas, y los moderados y posibilistas en radicales. Por no hablar del cirio que tienen montado en el PDeCAT, donde unos están por marcar perfil propio, como Elsa Artadi, y otros por mostrar su adhesión inquebrantable al caudillo de Waterloo, como el del perseguidor en patinete. ¡Unidad, unidad!, clama Colomines sin que nadie le preste atención.

Además de recordar a los catalanes qué es lo importante de verdad --y no se trata de la sanidad ni de la educación, pues el buen procesista tiene, además de primera, segunda y tercera residencia, el dinero suficiente para pagarse una mutua y llevar a los niños a la escuela privada--, con la huelga de hambre --que es, en este caso, un efecto melodramático-- se intenta alcanzar otro objetivo: hacer creer a la opinión internacional poco informada de que el sistema penitenciario español es un conjunto de mazmorras con ratas en las que los presos están atados a las paredes con cadenas, por lo que no les queda más remedio que empezar a pasar hambre, a ver si así esos jueces desalmados que los han enviado al trullo porque sí --¿o es que saltarse la Constitución y el Estatuto es algo más que pura libertad de expresión?-- se arrepienten de sus actos y les conceden la libertad provisional hasta el juicio.

Se trata de seguir haciéndose notar, de seguir dando la tabarra para ver si alguien les presta atención de una vez. Mientras en Europa se extiende la ultraderecha y hay que pechar con fenómenos como Trump y Putin (el hombre que choca esos cinco con descuartizadores árabes), una pandilla de pelmazos obsesivos que se creen oprimidos sigue mirándose el ombligo, ausente a todo lo que no sea su manía particular. A ver lo que dura el ayuno. Y a ver qué se les ocurre a continuación. Porque puede que no sepan nada de geopolítica y economía, o que se la soplen la sanidad y la educación, pero para la única idea que tienen en la cabeza disponen de infinitas posibilidades. Es lo que tienen las ideas fijas: como no te distraes con nada más, les sacas mucho jugo.

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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