¡Será por referéndums!

Ramón de España
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Mientras llega el referéndum fetén, el de la independencia del terruño (que ni está ni se le espera, pero también hay quien cree en los unicornios o que la tierra es plana: en este mundo tiene que haber de todo), los lazis se tienen que entretener con algo, y es gente que no les hace ascos a los simulacros. De ahí que el otro día se organizara en San Carlos de la Ràpita una trascendental consulta para decidir si el pueblo se sigue llamando así o si se le quita la infamante referencia a un rey español y se queda en La Ràpita, a secas. Evidentemente, un asunto tan importante no podía ser ignorado por TV3, que lo trató ampliamente en sus partes informativos. Por lo que pude ver, la población se dividía entre los que querían conservar el nombre habitual, los que optaban por recortarlo y los que la cuestión se la soplaba que daba gusto. Yo diría que estos últimos eran mayoría, pues solo se tomó la molestia de ir a votar la cuarta parte de los habitantes del lugar.

Ganaron los partidarios de eliminar a San Carlos (o sea, al rey Carlos III, quien en 1778 trató de construir en la zona un canal de navegación que llegara hasta Amposta y que, si bien acabó en fiasco total, sirvió para crear una comunidad a la que se bautizó con el nombre de su majestad, al que se vistió de santo para la ocasión). Pero no les sirvió de mucho, pues no llegaban al 20% del censo, que era lo requerido para que la votación se pudiera tomar en serio. De todos modos, el alcalde, que es de ERC y amigo de Lluís Salvadó --aquel simpático grandullón al que pillaron tirando papelotes comprometedores por la ventana cuando la charlotada del 1 de octubre (y el fino analista político que, a la hora de elegir consejeras para el gobiernillo, recomendaba darle el cargo a la que tuviera las tetas más grandes)--, ha prometido seguir dando la chapa con el temita, lo cual es comprensible, pues tampoco debe tener mucho más que hacer en el pueblo.

Por lo visto en TV3 y lo que se deduce del abstencionismo electoral, a la mayoría de los habitantes del lugar les da lo mismo cómo se llame éste. Es más, si lo dejan en La Ràpita, los habrá que le seguirán llamando San Carlos de la Ràpita o, aún peor, San Carlos (¡estamos rodeados de botiflers!). La maniobra no es más que un entretenimiento antiespañol del señor alcalde, que debe salivar de gozo ante la perspectiva de escupir sobre la tumba de un rey que lleva más de dos siglos criando malvas y, además (¡nunca se sabe!), igual piensa que con gestos como éste prospera en el partido y empieza a sonar como consejero (aunque en su caso lo de las tetas no resulte aplicable).

Nadie supera a los lazis a la hora de perder el tiempo y tirar el dinero con una coartada patriótica. No creo que este referéndum de chichinabo haya costado una fortuna, pero tampoco habrá salido gratis. Ante el desinterés generalizado de la población, una persona normal dejaría correr lo de acortar el nombre del pueblo, donde seguro que hay asuntos más urgentes que atender que ése, pero no estamos hablando de una persona normal, sino de un militante de ERC que, además, es amigo del visionario de las tetas. Así pues, algo me dice que acabará imponiendo por decreto lo de La Rápita a secas y que luego se pondrá a esperar la llamada de Barcelona para ocupar el cargo que se merece por su acrisolado amor a la patria: yo de él empezaría ya a hormonarme.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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