La romería de Estrasburgo

Ramón de España
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Pese a lo que digan los políticos independentistas sobre el carácter popular del movimiento, lo cierto es que el procesista medio es una persona de posibles dispuesta, además, a dejarse sacar los cuartos por motivos patrióticos. A veces el sablazo sale mal, como el de los diez euros que había que apoquinar para formar parte del Consejo de la República --que solo se activaría cuando hubiese un millón de juramentados; es decir, cuando Puchi dispusiese de diez millones de euros para sus cosas--, que fue reconocido como un tocomocho hasta por los procesistas más desaforados. Pero los crowdfundings de la ANC siguen funcionando a todo trapo, y hasta la Absurda de los Dedos (supuestamente) Rotos, aquella tal Marta Torrecillas que aseguraba que el 1 de octubre la policía española le había roto los dedos de la mano uno a uno y la había magreado a conciencia --luego resultó que solo tenía una capsulitis, ¡y en la otra mano!, y que lo de los abusos sexuales era puro wishful thinking-- ha recaudado ya casi ocho mil euros de los doce mil que necesita para su defensa, pues la empapelaron por dar rienda suelta a su imaginación.

Ahora la ANC, que es incansable, ha montado una vistosa excursión a Estrasburgo para el próximo 2 de julio, cuando se empiece a currar en el Parlamento Europeo. La excusa oficial es que hay que ir a clamar porque Puchi y Comín puedan ocupar el escaño al que creen tener derecho, pero en la práctica la cosa se parece más a aquellas excursiones que organizaban las yayas de los pueblos con el cura de la parroquia. La cosa va viento en popa. Leo en El Nacional, mi órgano de agit prop de referencia, que ya hay fletados cuarenta y seis autobuses y dos vuelos chárter, y que la cosa aún puede crecer más. El bus oscila entre los 95 y los 260 euros, dependiendo de si se va y se vuelve el mismo día o si, ya que estamos por allí, hacemos noche y un poco de turismo. El avión se pone en los quinientos pavos. Será por dinero…

Conclusión: el procesista medio va bien de pasta, puede ausentarse del trabajo un martes tranquilamente y hasta puede darse un garbeo por la zona. Supongo que abundan los representantes de la tercera edad, equivalentes de los pringados que esperaban el otro día, bajo una solanera asesina, a los presidiarios que nos traían a Lledoners (sácale brillo al megáfono, Joan Bonanit, que vuelven los buenos tiempos), pero con más dinero. Los jubilators, como todo el mundo sabe, han abrazado el prusés como una alternativa muy estimulante al dominó y la supervisión de obras públicas, y da gusto cruzárselos por la rambla de Catalunya con el lacito amarillo en la solapa y la cara de injusticia histórica, lanzando miradas severas sobre los que no lo llevamos. Hasta el carcamal más precario goza de una pensión que le abona religiosamente cada mes el malvado Estado español, ¿y qué mejor que invertirla en una excursión a Estrasburgo con la colla pessigolla? Te desfogas pegando unos gritos y luego, como buen oprimido, te pones las botas en un restaurante de Estrasburgo. Como ya tienes una edad, te quedas a pasar la noche y luego, hala, de vuelta a la rambla de Catalunya a mirar mal a los réprobos. Y si te sobran unos euros, ya sabes que la señora Torrecillas te los agradecerá mucho.

Los indepes siempre dicen que sus actos --aunque consistan en quemar fotos del rey o del juez Marchena-- transcurren en un ambiente festivo y de buen rollo. Yo no conozco ninguna revolución festiva y de buen rollo que haya triunfado, pero como lo suyo es más bien un homenaje a la figura de l´avi turista, supongo que ya les está bien. Y ahora que ya hace calorcillo, a cenar delante de Lledoners --en un ambiente festivo y de buen rollo, claro está-- y a conseguir que entre su jolgorio y el saludo nocturno de Joan Bonanit, los héroes de la república piensen que más les habría valido seguir en Soto del Real.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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