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Castigados sin comer y sin beber

Ramón de España
5 min

Pues nada, amigos, nos vuelven a cerrar restaurantes y bares. ¿Una decisión justa y necesaria? ¡Qué más quisiéramos! Nos encantaría creerlo, pero estamos ya un tanto moscas con las medidas anti virus de nuestras autoridades nacionales y autonómicas, que más bien parecen palos de ciego cuyo subtexto no es Chapamos los bares y seguro que aplanamos la curva, sino Vamos a tomarla de nuevo con el comercio y el bebercio a ver si suena la flauta por casualidad. En esa dirección parecían ir los comentarios fatalistas de Roger Pallerols, presidente del gremio de la restauración barcelonesa, durante su aparición en el Tele Notícies Migdia de ayer, donde se pulieron el asunto en cinco minutos y luego pasaron a lo realmente importante: el aniversario de la condena que llevó al trullo a los Jordis y demás compañeros mártires. Hasta salió un sociólogo calvo, muy conocido en su casa a las horas de comer, para explicar los motivos que condujeron a la llamada batalla de Urquinaona (luego se comentaron, en un tono no especialmente laudatorio, las condecoraciones otorgadas a los mossos que tuvieron que vérselas con los pirómanos y vándalos del momento). Previamente, eso sí, salió ese niño con barba que ocupa interinamente la presidencia de la Generalitat a decir que tenían presupuestados cuarenta kilos para bares y restaurantes (a descontar, supongo, el inevitable diezmo que arrojar al pozo sin fondo de TV3). No sé si esas ayudas acabarán llegando a quienes las van a necesitar, pero, en cualquier caso, a ver cómo le explicas al dueño de un bar o de un restaurante que se tiene que apañar con lo que la administración considere razonable después de ver como el inútil que se ha tirado dos años haciendo como que presidía el gobierno de la república catalana se iba a casa con 10.000 euros mensuales para toda la vida.

Se ponga como se ponga el gobiernillo, la impresión general es que cuando no sabe qué hacer, cierra bares y restaurantes. Me temo que, si esto falla, volverán a chapar cines y teatros y bibliotecas y museos. Y luego ya, si eso, nuevo confinamiento hasta que el que no se muera de hambre lo haga de aburrimiento o de asco. Cierto es que se nos ha venido encima una desgracia que nadie vio venir, pero algo debemos estar haciendo mal para que España (Cataluña incluida) sea el país europeo que peor la está llevando, y tengo la impresión de que, salvo los descerebrados que montan raves para pimplar sin mascarilla, la población se está portando de manera cabal y disciplinada, mientras que gobiernos y (supuestos) expertos en el tema no dan pie con bola y transmiten la aterradora impresión de ir improvisando sobre la marcha. Yo casi que me rendiría, reconocería mi ineptitud y le pediría a Angela Merkel que se hiciera cargo de las cosas. Que alguien invada todas nuestras competencias, nacionales y regionales, porque lo nuestro es pura incompetencia. ¿No aceptamos la visita ominosa de los hombres de negro cuando la crisis del 2008? Pues a mí los expertos que se encargan del asunto en Alemania me inspiran más confianza que Sánchez, Simón, Illa, Vergés, Mitjà y el niño con barba que preside en funciones nuestra nación milenaria, aunque sin estado (¡no se puede tener todo!).

Y menos mal del involuntario mensaje de optimismo de TV3 al dedicar el doble de tiempo a los presidiarios del prusés que a los dueños de bares y restaurantes que ya veremos si salen de ésta, pero que, de momento, como diría Eduard Pujol, nos distraen de lo auténticamente fundamental.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.