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Intertextualiza que algo queda

Ramón de España
6 min

La pobre Pilar Rahola está pasando una mala racha. Primero tropieza con un bolardo del carril bici y se da una chufa de padre y muy señor mío (y, encima, Janet Sanz le dice que a ver si aprende a cruzar las calles por el paso de peatones y no por donde no debe). Ahora se cierne sobre ella la sombra del plagio a raíz de la publicación de su nuevo best seller, L´espia del Ritz, sobre las supuestas actividades a favor de los aliados del violinista y director de orquesta judío Bernard Hilda en la Barcelona de los años 40, cuando entretenía con sus bonitas melodías a la burguesía triunfante en la guerra civil (ya saben, aquella guerra de España contra Cataluña de la que, curiosamente, se beneficiaron un buen número de catalanes: qué cosas más raras tiene la historia, ¿verdad?).

Quien acusa de plagio a la Voz del Régimen es el abogado y escritor Josep Maria Loperena, quien entregó en 2010 a la editorial Columna (la que publica el libro de Rahola) una novela titulada L´espia del violí, centrada también en Bernard Hilda, del que Loperena se inventó que trabajaba para los aliados desde la Barcelona franquista (cosa negada por el violinista en cuestión en una entrevista de La Vanguardia publicada en 2003). Loperena, que no vio editada su novela, se malicia que le fue pasada a Rahola para ver si encontraba inspiración. Rahola se defiende diciendo que Joan de Sagarra le aseguró que Hilda espiaba para los aliados, pero éste lo niega: el invento de Loperena se ha convertido en una verdad incontrovertible en la ficción de Rahola, a la que no le bastaba que Hilda hubiese salido pitando de su país por judío y encontrara un extraño refugio en Barcelona (no fue el único: cuando yo era pequeño, el relojero habitual de mi familia era un tal Sabatino Rosenthal).

Dada su propensión al sionismo, Rahola debió pensar que un judío que trabaja para los aliados mientras cobra en pesetas franquistas y entretiene a los (más o menos) equivalentes locales de los nazis daba para un superventas de los suyos. Loperena, por su parte, asegura que L´espia del Ritz no se podría haber escrito sin una lectura previa de L´espia del violí. Si su intuición es correcta, realmente hay para cabrearse: un editor mete tu novela en un cajón y al cabo de un tiempo se la pasa a una autora que suele encabezar las listas de ventas en catalán para que saque petróleo de un texto rechazado, pero al que se le han visto posibilidades.

En cualquier caso, el abogado Loperena no es un cazafortunas, sino un letrado bastante serio, aunque con sentido del humor, como recuerdo de algunas veces que me lo encontré en Boadas al mediodía, cuando él solía compartir el aperitivo con mi amigo Freddy Rexach (les hablo de cuando La Vanguardia todavía estaba en la calle Pelayo).

A Rahola siempre le queda la posibilidad previamente explorada por Lucía Etxebarría o Enrique Bunbury, quienes, pillados en sendos plagios, afirmaron que lo suyo se llamaba intertextualizar y era una cosa muy respetable que nada tenía que ver con el plagio. No coló, pero ambos se quedaron tan anchos. Y si no, siempre queda el estilo Ana Rosa Quintana, quien, en uno de los libros que le escribió su cuñado en el papel de negro literario, se inventó unas excusas inverosímiles con las que convenció a sus fans de que no había hecho nada malo. Yo creo que Pilar debería seguir ese camino, pues también tiene seguidores a cascoporro dispuestos a perdonárselo todo. Caso de que haya incurrido en plagio, le basta con negarlo tajantemente, acusar a Loperena de querer darse pisto a su costa y, probablemente, asegurar que esta ignominia forma parte de un plan general del Deep state español contra el independentismo (que es lo que ha hecho Laura Borràs, sin mucho éxito, para quitarse de encima el marrón del dinerito otorgado de matute a un amiguete cuando dirigía la Institució de les Lletres Catalanes).

Pilar Rahola no tiene lectores, sino hooligans. Si juega bien sus cartas y utiliza adecuadamente su cara de cemento armado, puede convertirse en una víctima de los españoles y de un leguleyo resentido al que sus fans ya tardan en practicarle un escrache. Con la ayuda de TV3 y Catalunya Ràdio, yo creo que se le puede dar la vuelta a la situación hasta que Loperena tenga que exiliarse a Tombuctú tras descubrirse/inventarse que es íntimo amigo del comisario Villarejo. Rahola no es una escritora más (hay quien dice que no es ni una escritora), es un icono independentista, un símbolo de una Cataluña que, afortunadamente, no llega nunca. Acusarla de plagio es como insinuar que en el monasterio de Montserrat se han tolerado actitudes discutibles con los niños del coro. Aplaudo desde aquí el valor de Loperena, pero que se vaya preparando para la que se le viene encima: la bacallanera es sagrada.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.