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¿Qué hacer con los gamberretes de Arran?

Ramón de España
5 min

Enviarle a alguien un anónimo y firmarlo es una muestra de estupidez, de desfachatez o de una mezcla de ambos conceptos. De la misma manera, firmar los actos vandálicos es como pedir a gritos que te detengan. A no ser que formes parte de Arran, el Frente de Juventudes de la CUP, en cuyo caso puedes atacar a martillazos la redacción de este diario o la sede de un partido político y no pasa nada: ni te detienen, ni te ilegalizan por comportarte como un animal ni a nadie parece pasarle por la cabeza la idea de que hayas cometido un delito. Realmente, ser de Arran es un chollo. Que se lo digan a los del PP de Terrasa, que les han crujido la sede cinco veces en un mes y no me consta que la justicia se haya interesado mucho por los gamberretes patrióticos.

Algún día habrá que empezar a tomarse mínimamente en serio a Arran --sin exagerar, pues solo se trata de una pandilla de adolescentes cerriles que han encontrado en la política la excusa perfecta para romper cosas--, pues la impunidad con la que se mueven sus miembros cada día resulta más irritante. El (supuesto) amor a la patria no debe ser un “detente, bala” que te dé patente de corso para romper cristales o hacerles la vida imposible a los políticos que no te caen bien. Pero a los chavalotes de Arran la patria les está siendo muy útil hasta ahora como coartada para su apetito por la destrucción (igual si se echaran novia se relajarían un poco, pero tampoco estoy muy seguro). Bajo el paraguas de la CUP, un partido incomprensiblemente legal, la pandilla de tarados, martillo en mano, sigue a lo suyo. Si la CUP fuese un partido normal, su máximo responsable les llamaría al orden y les recordaría que, en democracia, las diferencias ideológicas no suelen dirimirse a leñazos, pero como no lo es, cuando le preguntan a Carles Riera qué piensa de las hazañas bélicas de sus mostrencos favoritos --que es como preguntarle al Führer qué opina de las Juventudes Hitlerianas--, el tipo contesta que le parece muy bien todo lo que hacen, demostrando que la táctica del martillo le parece una iniciativa política como cualquier otra.

Tampoco puede esperarse que ningún partido nacionalista condene las burradas de Arran, ya que Arran forma parte de la CUP y nunca se sabe cuándo pueden ser necesarios los cuatro o cinco votos de esa pandilla de fanáticos --controlados, encima, por un fan de mosén Xirinacs, orate máximo del independentismo-- para jorobar a la oposición. Yo diría que un ataque violento es un ataque violento tanto si lo comete un borracho descontrolado como un supuesto salvador de la patria. Pero no detecto mucho movimiento entre los mossos y la judicatura para intentar poner en su sitio a los gamberros con causa de Arran. Como delincuentes comunes, deberían ser fácilmente localizables y castigados. Como subgrupo de una formación política, ésta debería hacerse cargo de sus desmanes y, caso de fomentarlos en vez de censurarlos, pagar las consecuencias con la ilegalización. Arran solo es una excrecencia (violenta) de otra excrecencia (política). Si se considera a sus miembros menores de edad, física o mentalmente, habrá que ir a por los adultos a cargo. Estos ya suelen quejarse de que hay una conspiración para ilegalizar a la CUP, pero la verdad es que ellos mismos la están pidiendo a gritos cuando demuestran que ni pueden ni quieren disciplinar a su alegre muchachada.

Las gamberradas de los de Arran llevan tiempo pasando de castaño oscuro y no sé muy bien a qué esperamos para desactivarlos. ¿Tendrán que prender fuego a una casa llena de gente para que empecemos a prestarles un poco de atención?

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.