La puñalada trapera de Corbacho

Ramón de España
5 min

Sigo pensando que Manuel Valls es lo mejor que le ha pasado a la política catalana en muchos años, pero la realidad va por otro lado. Nada más llegar se puso en marcha una especie de conjura de los necios de una hostilidad insólita, como si Pepe Botella se hubiese reencarnado en el ex primer ministro de la república francesa. Cuando decidió optar por el mal menor para la alcaldía de Barcelona –a diferencia de Josep Bou, yo prefiero susto a muerte–, Ciudadanos me lo dejó colgado de la brocha, retirándole a los tres concejales que militaban en el partido. Y como traca final, de momento, Celestino Corbacho, tras parecer al principio que lo apoyaba, se lo ha pensado mejor y, siguiendo sus tendencias funcionariales y su amor al puesto fijo de trabajo, se pasa a los de Rivera a cambio de un carguito en esa Diputación que tiempo atrás presidió. Dice que le une una gran relación personal con Albert Rivera, como si Albert Rivera tuviese relaciones personales más allá de Malú: en ese partido, lamentablemente, impera la doctrina Villegas, que consiste en darle la razón en todo al jefe, con lo que no se sabe muy bien, de momento, qué va a ser de Luis Garicano, otro que, como Valls, también tiene la funesta manía de pensar por su cuenta (y riesgo, en este caso).

Corbacho, por el mismo precio, ha hecho carambola: además de apuñalar a Valls cuando éste más lo necesitaba, se ha cargado la mayoría absoluta de Colau, facilitando las previsibles intrigas y trapisondas de los indepes en una legislatura que va a ser todo menos aburrida. Estamos ante un modelo de político profesional que puede saltar del PSC a Barcelona pel Canvi y de ahí a Ciudadanos como un ejecutivo que cambia de empresa en vistas a prosperar y mantenerse siempre a flote. Ante alguien, en suma, no muy diferente del Tete Maragall. Solo ante el peligro, se reafirma la imagen de Manuel Valls como un marciano de la política española, alguien que se presenta aquí con sus valores republicanos y una sinceridad aplastante y es acogido con hostilidad y cierto miedo ante su manera de ir por la vida, que no se parece mucho a la de sus colegas catalanes. Como el niño que dice en voz alta que el rey va desnudo, Valls hizo el día de la toma de posesión de Ada Colau lo que nadie más se atreve a hacer: recordarle a Joaquim Forn que en España no hay exiliados ni presos políticos y negarle el saludo al hooligan del edificio de enfrente mientras lo señalaba severamente con el dedo.

Con esta clase de gente, la política catalana (y española) sabe perfectamente lo que tiene que hacer para que no contamine la charca nacional: ningunearlo, acusarle de no entender la idiosincrasia catalana o española y presentarlo prácticamente como un extraterrestre y un fracasado, aunque yo no conozco a ningún fracasado que haya llegado a ser primer ministro del país de al lado. Al consenso generalizado para eliminarlo se suman ahora el fuego amigo de Ciudadanos y la puñalada de don Celestino, cuyo futuro con Valls era complicado, pero mucho más digno, estimulante y hasta aventurero que venderse por un cargo menor y una jubilación rumbosa.

Mientras tanto, Valls, más solo que la una, reflexiona sobre sus próximos pasos, si es que no dedica todo su tiempo a lamentar haberse instalado en su ciudad natal. Como se decía en algunos pueblos del far west, aquí no nos gustan los forasteros.

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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