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No te vistas, que no vas

Ramón de España
4 min

Es comprensible que Puchi se aburra en Waterloo, pues aparte de las partidas de parchís con su fiel (de momento) Comín y colgar la bandera de los separatistas de Papúa, nación hermana, no tiene mucho más que hacer. De ahí que le guste ver mundo, sobre todo países en los que pueda ejercer su habitual función de agent provocateur (bonito eufemismo para torracollons o, siguiendo con el francés, emmerdeur).

Ahora le ha dado la manía de visitar Canadá, pero el primer ministro de ese país, Justin Trudeau, no quiere verlo ni en pintura y ya le ha negado dos veces la entrada porque sabe a qué viene: a incordiar, a torpedear las relaciones con España y a dar ánimos a los cansinos separatistas del Quebec.

En Cataluña deberíamos hacer algo parecido y deportar a Ramón Cotarelo, que es como esos menas que agradecen la acogida en nuestro paisito apedreando furgonetas de mossos o maderos. Aunque también es verdad que alguien capaz de cambiar Madrid, una ciudad estupenda, por un pueblo de la Cataluña profunda y una casa con vistas a la del pastelero majareta resulta digno de compasión y mueve a la preocupación por su equilibrio mental.

A Puchi le ha molestado mucho la actitud de Trudeau. Hasta amenaza con llevar a los tribunales al Gobierno de Canadá, para alegría de esos abogados que han encontrado en él el chollo de su vida y que ya le soplan el 60% de su presupuesto. A este paso va a tener que hacer como Johnny Rotten y cobrarles a los patriotas que lo visitan los selfis que se hagan con él. Como esos grafiteros que consideran el ensuciar las paredes de su ciudad como un derecho constitucional, Puchi exige que se le deje entrar en Canadá a meter cizaña. Aduce que lo han invitado unos separatas quebecois y que tiene todo el derecho del mundo a aceptar esa invitación. Trudeau no piensa lo mismo, pues considera que en su casa solo entra la gente decente. Y en esas estamos. Lástima que a Trudeau no se le ocurra la que me parece la mejor solución para esta disyuntiva: permitirle viajar a Canadá, detenerlo en el aeropuerto de Ottawa y extraditarlo a España para que lo podamos meter en el trullo y deje de tocar las narices urbi et orbi. Una vez en Soto del Real, Puchi recordará lo bien que estaba en Bélgica y será consciente de todo lo que ha perdido por su mala cabeza y su obsesión por visitar países en los que molesta.

¿Dónde va a estar mejor que en su casa de la república de Waterloo? Flandes es un sitio estupendo para él: partidos separatistas de extrema derecha que le ríen las gracias, abogados turbios especializados en retrasar las extradiciones de etarras asesinos y todos los mejillones que le quepan (con esporádicas ingestas de caviar financiadas por ese sicofante al que chulea, el ejemplar mayordomo Jami Matamala). Ya dijo el sabio que todos los problemas de la humanidad se derivan de la incapacidad del hombre para quedarse bien tranquilito en su habitación.

Mantente firme, Justin, que ese tío es la peste. Haz de Héctor Lavoe y cántale Señora Lola, que incluye aquello tan sentido de “No te vistas, que no vas”.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.