Menú Buscar

Cocomocho y sus 'millennials'

Ramón de España
6 min

Pintan (más) bastos en el PDECat. Las juventudes del partido se pasan en masa al movimiento nacional del Líder Máximo evadido a Bélgica, Carles Puigdemont, por mal nombre Cocomocho. Debo decir que no me sorprende, pues es propio de la juventud apuntarse a todo tipo de quimeras: yo mismo, a los veinte años, estaba a favor de toda clase de revoluciones, aunque ninguna de ellas era tan absurda y, en el fondo, reaccionaria como la de los chavalotes del PDECat. Lo que no deja de pasmarme es que la mayoría de los fans de Puchi la compongan buenos burgueses con piso de propiedad en la ciudad y segunda residencia en la Cerdaña o el Ampurdán, donde todos compiten para ver quién se hace con la estelada más grande y vistosa. Es como lo de la CUP: puedo comprender, hasta cierto punto, a esos jóvenes alopécicos que salen por TV3 a decir burradas (la calvicie prematura en la CUP es un fenómeno digno de estudio; en el mundo real solo me consta el caso de Paquirrín, pero ése es un fenómeno adelantado a su tiempo que ya sufría ataques de gota a los veintitantos años, por lo que supongo que no cuenta), pero me pasma que un señor de mi edad como Carles Riera sostenga las mismas burradas sin que se le caiga la cara de vergüenza o sin que le interrumpan el discurso unos señores de blanco que se lo lleven embutido en una camisa de fuerza.

Es posible que nuestra burguesía haya optado por el suicidio colectivo, como los davidianos de Waco, abducidos mentalmente por su propio gurú, el cantamañanas de Amer. Por consiguiente, hasta que su delirio supremacista no se vea tamizado por la ruina van a seguir en sus trece, convencidos de que cuanto peor, mejor. Les mueve exclusivamente la fe, pues de Waterloo no llega ni una propuesta relacionada con la pandemia, con la economía, con la cultura o con nada que no sea esa independencia salvífica tras la que todos los problemas de Cataluña se habrán esfumado. Que tanta gente aparentemente sensata se haya dejado seducir por el pensamiento mágico de Cocomocho es otro fenómeno digno de estudio, como la alopecia en la CUP. Igual se debe a que Puchi es, en el fondo, un gurú de la autoayuda, el Paulo Coelho del separatismo, el Claudio Naranjo del lazismo. Y también, un personaje equiparable con la Pimpinela Escarlata, el Zorro o el Llanero Solitario que, desde la cómoda distancia belga, ejerce de encarnación de la independencia que ha conseguido dar esquinazo --aunque sea metiéndose en el maletero de un coche, opción no muy airosa para un aspirante a héroe nacional-- al enemigo, convirtiéndose en su peor pesadilla.

Sea como sea, es indudable que Puchi tiene mucho tirón entre su parroquia, entre toda esa gente que aspira a una catarsis permanente y que antes se reclutaba entre los parias de la tierra sin nada que perder: ese es hoy en día el principal fet diferencial catalán, que los burgueses jueguen a la carta más alta (aunque en muchos casos solo sea de boquilla), mientras la clase obrera pasa de ellos porque bastantes problemas tienen para llegar a fin de mes. Bienvenidos a la Cataluña lazi, un paisito donde los que comen tres veces al día quieren comer cinco y los que disponen de una segunda residencia creen tener derecho a una tercera, objetivos que se cumplirán en cuanto se libren de los españoles, esos vagos que se pasan el día en el bar viviendo del dinero que el estado les roba a los laboriosos catalanes.

ERC se las promete muy felices en las próximas elecciones autonómicas, pero yo no las tendría todas conmigo. Los chupacirios de mosén Junqueras quieren sustituir a los convergentes de antes, pero solo consiguen ser acusados de alta traición por los conversos a la nueva fe nacionalista, representada por un palurdo de la Cataluña rural venido arriba, a medio camino entre Jesucristo y Charles Manson, al que solo le queda la huida hacia adelante porque, como el personaje de Thomas Wolfe, no puede volver a casa. Puede que entre todos estén haciendo un pan como unas hostias, pero, como dijo en cierta ocasión el filósofo holandés Johan Cruyff, “ganar, ganar, no sé si ganaremos, pero tenemos ilusión y la ilusión es lo más bonito del mundo”.

Artículos anteriores
¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.