Hace unos días, en el Parlamento Europeo, Carles Puigdemont pronunció un discurso contra la terrible represión del perverso estado español sobre los sufridos catalanes y TV3, como era de prever, lo recogió en el TeleNotícies. En primer plano y sin contraplano, aunque el locutor hizo constar que Josep Borrell estaba entre el selecto público. Me extrañó la falta de un inserto de Borrell echando espumarajos verdes por la boca, pero también es posible que, en vez de sufrir convulsiones, el político socialista estuviese revisando su WhatsApp en vez de prestar atención a las palabras de Puchi. La falta del preceptivo contraplano la comprendí poco después, cuando aparecieron en las redes sociales fotos del momentazo KRLS y pude comprobar que el Parlamento Europeo registraba un vacío aterrador. En una foto vi a dos diputados. En otra, uno de los dos se había puesto de pie y caminaba hacia la salida. En una tercera me pareció captar la presencia de una señora de la limpieza y de un diputado que consultaba su teléfono móvil. El contraplano asesino mostraba bien a las claras que, ante la perspectiva de asistir a una nueva llorera del orate de Waterloo, sus señorías en pleno se habían ausentado de sus escaños. Y eso era algo que TV3 no podía permitirse reflejar (insertar unos planos de archivo con eurodiputados puestos en pie y aplaudiendo a otro es algo que, por el momento, todavía no se contempla en la nostra, ¡Dios la bendiga!). No es que Europa no nos mire, es que ni tan siquiera nos escucha.
Últimamente, a Puchi cada vez lo escucha menos gente. Pensemos en la cumbre que montó el otro día y que debería haberse celebrado en Francia, donde la situación del coronavirus la envió al traste, reciclándose en encuentro telemático. ERC no se presentó a la cita y la CUP se limitó a enviar a una observadora, Carles Riera (sí, ya sé que es un hombre, pero siempre que hablo de la CUP me veo obligado a utilizar un lenguaje inclusivo/selectivo y con perspectiva de género/a: el respeto institucional es lo que tiene). O sea, que Puchi acabó hablando con los suyos y convirtiendo la supuesta cumbre en un acto de partido, lo cual hacía que utilizar la sede de la Generalitat para el coloquio resultara una simple cacicada más de las muchas que practica impunemente el gobiernillo. Y mira que el hombre venía cargado de ideacas: después de la confrontación inteligente, Puchi se ha sacado de debajo del tupé otro oxímoron de mucho mérito, desbordamiento democrático. Pero a los devotos del beato Junqueras se la pelan ambos desde que han optado por el peix al cove y me lo dejaron al pobre hablando solo. Igual que en el Parlamento Europeo.
Ambas situaciones son muy representativas de lo que le espera en un futuro próximo al fugitivo de Waterloo si sus secuaces no ganan las próximas elecciones. Si se descuida, puede que su abogado, Gonzalo Boye, tenga que encargarse de sus asuntos desde el talego por haberle limpiado el dinerito a Sito Miñanco. Todavía puede ejercer de reyezuelo --como ha demostrado castigando a Marta Madrenas por haber dicho cosas que no debía sobre su condición de presidente efectivo, que no legítimo, de la Generalitat--, pero no se sabe durante cuanto tiempo más. Puede que Junqueras esté algo desconectado de la realidad en el trullo, pero no ha dejado de pisar territorio catalán. Más desconectado se está en Bélgica, aconsejado por pelotilleros que le deben el condumio diario --que peligra con el posible triunfo electoral de ERC-- y entretenido por las coplas antisistema del mallorquinarro Valtònyc.