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¡Por fin, una buena idea!

Ramón de España
4 min

Estoy tan acostumbrado a que la Generalitat no proponga ni una iniciativa que se me antoje positiva y razonable que, cuando eso sucede, me siento como si se me acabara de aparecer el Espíritu Santo. Es lo que me ha ocurrido al oír decir al conseller de Cultura, Santi Vila, que igual ha llegado el momento de dejar de doblar las películas al catalán y empezar a subtitularlas. En mi nombre y en el de todos los cinéfilos de este bendito paisito, ¡gracias, señor Vila!

De hecho, tan sabia medida podría haberse empezado a aplicar en los albores de la autonomía, tanto en salas como en TV3. Eso sí hubiera constituido un genuino fet diferencial en relación a los tarugos de los españoles, esos que dicen que no van al cine a leer letreros y que, si algún día ceden a la extravagancia de leer, ya pillarán un libro.

También habría estado bien introducir el inglés en la escuela, pero se optó por la inmersión lingüística porque lo prioritario era basurear el castellano a conciencia

También habría estado bien introducir el inglés en la escuela, pero se optó por la inmersión lingüística porque lo prioritario era basurear el castellano a conciencia.

En el caso del audiovisual, ese fet diferencial tan fácil de aplicar se obvió porque nuestros mandamases llegaron rápidamente a la conclusión de que el catalán medio era igual de vago que el español medio a la hora de ver una película. Además, el subtitulado era como para pobres, para portugueses, y nosotros queríamos ser alemanes, que se lo tragan todo doblado y les parece estupendo. En nuestra condición de nación milenaria, teníamos derecho a cagarla como los alemanes y los españoles y doblarlo todo, aunque eso supusiera en la práctica subvencionar a las majors de Hollywood, remisas a gastarse un dólar en respetar a lenguas minoritarias.

Lo importante, para entendernos, era que Indiana Jones y Harry Potter se expresaran en catalán. Nuestros holgazanes mentales tenían el mismo derecho que sus homólogos españoles a no leer letreros. Adiós al fet diferencial intelectual. Adiós a la cultura y hola a la lengua, pues ese ha sido el lema de nuestros gobiernos autónomos desde los inicios del pujolismo.

Me gustaría que el señor Vila se saliera con la suya, pero no las tengo todas conmigo. Con el subtitulado nos ahorraríamos un pastón, dejaríamos de sobornar a las majors, fomentaríamos el conocimiento de idiomas extranjeros y dejaríamos de mutilar las películas foráneas. Cuatro motivos excelentes para instaurarlo, pero ya me veo venir las protestas de los dobladores, de los espectadores iletrados y de los guardianes de las esencias, empeñados en meter la pata donde la meten los países de verdad. En cualquier caso, por una vez que un convergente tiene una idea que me gusta, no voy a ser tan cicatero como para ignorarla.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.