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Ataque a la gestoría

Ramón de España
5 min

Reconozco que nunca me he tomado muy en serio la Generalitat, que siempre me ha parecido una gestoría con pretensiones y aquejada de delirios de grandeza, aunque bastante ineficaz a la hora de resolver los problemas de sus representados (les ahorro mi opinión sobre el sistema autonómico en general porque ya se la pueden imaginar). Desde ese punto de vista, el ataque del otro día con bolsas de plástico llenas de sangre de cerdo (mezclada con agua) contra la fachada de la Generalitat puede interpretarse como la reacción airada y algo desmesurada del usuario de una gestoría cuya ineptitud le ha costado un pico a la hora de la declaración de la renta. No seré yo quien bendiga los ataques a edificios públicos (o privados) y tengo la impresión de que los responsables del bar gallego que integraban el comando deben de ser un poco brutos, rasgo de carácter que, mezclado con la previsible ruina a la que deben estarse enfrentando, los ha llevado a una acción censurable.

 En cualquier caso, si te apuntas a mi teoría de la Generalitat como gestoría inepta, la cosa se queda en una gamberrada que, a lo sumo, podrá ser castigada con una multa. Tus problemas empezarán si eres un lazi de pro, aspiras a la independencia del terruño y consideras que, a la espera de algo mejor, la Generalitat es el centro neurálgico de tu nación sin estado y ha sido profanada por una pandilla de desafectos al régimen que merecerían ser desterrados a España o, si me apuras, fusilados por un pelotón dirigido por Albert Donaire. Si piensas así, tienes motivos de sobra para pillarte un rebote del quince con los Mossos D'Esquadra, que se encerraron en el Palau y pidieron refuerzos en vez de salir a repeler la agresión de los infieles. De acuerdo, solo eran cuatro, pero los atacantes no eran muchos más y no iban armados: con unos cuantos porrazos y, en el peor de los casos, un tiro al aire, los del bar gallego habrían vuelto corriendo a L'Hospitalet. Es como si los cuatro mossos tuvieran la sensación de estar custodiando un parking, un supermercado o, exacto, una gestoría. Si creyeran estar protegiendo la sede del gobierno nacional, digo yo que se habrían lanzado indignados sobre el comando galaico para zurrarle convenientemente la badana. Encerrarse para no mancharse de sangre y esperar unos refuerzos que, si llegan, aparecerán cuando los asaltantes ya se hayan dado el piro es de una pachorra insultante.

Que la Generalitat se me antoje una gestoría con ínfulas es cosa mía, pero que también se lo parezca a quienes deben protegerla debería dar qué pensar al lazi medio, a quien recomiendo que se pase a mis teorías. Seguro que así verá las cosas de otra manera: ¿que el del bar ha dicho que lo volvería a hacer? Lo mismo dice constantemente el ex presidente del gobiernillo, Oriol Junqueras, desde el talego; los que impiden que el del bar se gane la vida son los mismos que bendicen aglomeraciones patrióticas o, en su momento, la llamada batalla de Urquinaona, sin reparar en los gastos ocasionados por los destrozos; los que se supone que se preocupan por la salud de sus gobernados, a los que matan de hambre, no se bajan ni un euro de sus exagerados sueldos, siendo evidente que no hacen gran cosa para merecerlos, más allá de mostrar constantemente su inquebrantable adhesión al régimen; los que sufren por el pobre autónomo, reparten calderilla y la reparten mal, con un presupuesto insuficiente que se distribuye a través de una web que funciona fatal; los que cierran el bar del gallego y todos los demás asisten atónitos a un incremento de infectados por el coronavirus superior al de ciudades que tienen abiertos los restaurantes…Hasta que a un tabernero un poco primario se le inflan las narices y deja la gestoría hecha un asco a base de sangre de puerco porque a la gestoría no hay quien la defienda (o quien se la crea).

Pásate a mi bando, apreciado lazi: sufrirás menos.

 

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.