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Mireia o el heteropatriarcado en casa

Ramón de España
4 min

No digo que sea justo, pero los partidos de la casta se pueden permitir unas alegrías que les están vedadas a los de la nueva política (que de nueva no tiene nada, como comprobamos a diario). Si un político del PP se compra una mansión con piscina, a todos nos parece lo más normal del mundo, pues damos por sentado que es rico de familia o que lleva años robando sin tasa. Pero si el casoplón se lo compra Pablo Iglesias, nos parece una contradicción intolerable que, además, le acabará pasando factura. La nueva política tampoco soporta que la portavoz del partido sea siempre la churri del jefe, quien, además, tiene la costumbre de enviar a la anterior a lo más alto del hemiciclo y, a ser posible, detrás de una columna, para que no la vea nadie. De ahí, entre otras cosas, la situación lamentable en la que se encuentra el partido de Pablo Iglesias e Irene Montero, también conocidos como los Ceaucescu (según Alfonso Guerra) o los marqueses de Galapagar (según Jiménez Losantos).

Lo de Mireia Boya con el anónimo acosador machista de la CUP va en la misma línea. Si uno del PP (o de Vox) trata a sus compañeras a patadas, la cosa se da por sabida, pues ahí se supone que impera el machismo de piropo grosero, palmada en el culo y comentario displicente. ¿Pero en la CUP? Se supone que ahí se lucha contra el heteropatriarcado, pero resulta que también existe y que, además, se sale con la suya: el desconocido maltratador de Mireia Boya sigue en su sitio porque la cesante se niega a revelar su identidad, cuando una feminista de verdad lo denunciaría y se encargaría personalmente de que lo empapelaran. ¿A qué viene esa actitud abandonista y pusilánime en un partido que habla siempre en femenino, hasta los señores con barba, lo cual introduce un elemento de involuntaria comicidad en las ruedas de prensa? ¿A qué se debe la omertá de la señorita Boya? ¿Cuánto poder atesora el machista grosero que la ha puesto en fuga?

La situación es incomprensible y no le hace ningún favor a la CUP. Ya vimos cómo el gran Josep Garganté se apuntaba a la práctica de las puertas giratorias, típica de la casta, para pasar del Ayuntamiento de Barcelona a la junta de TMB, momento a partir del cual no hemos vuelto a escuchar su amena prosa y su verbo florido. Ahora, una diputada de armas tomar se deja acoquinar por un sujeto heteropatriarcal infiltrado en el movimiento. ¿Qué será lo próximo? ¿Carles Riera haciéndole volar las gafas de un sopapo a Eulalia Reguant porque está harto de verla aparecer con la salopette de color azul desteñido, con la cantidad de vestidos bonitos que hay en Mango a precios razonables?

Se dice que el diablo está en los detalles. La mansión de los Ceaucescu. El machista infiltrado en la CUP. El fichaje de Arévalo por Vox o el de Marcos de Quinto por Ciudadanos. Detalle a detalle, los partidos de la nueva política se van pudriendo poco a poco hasta resultar indistinguibles de los de la casta. Y luego nos quejamos de que PP y PSOE sigan cortando el bacalao y convirtiendo el fin del bipartidismo en una quimera.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.