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Medidas desesperadas

Ramón de España
5 min

Aquí cada uno trabaja por la independencia de Cataluña como buenamente puede. Viendo que se está quedando sin recursos humanos, Quim Torra se marca una vigilia en Montserrat --ahí se apuntan a lo que haga falta, y lo mismo les da entrar a Franco bajo palio que prestarle el decorado a los indepes-- para encomendarse a la virgen más catalana del mundo, aunque sea negra. Recurrir a la Moreneta es una señal indudable de que en lo tuyo pintan bastos --Rocío Jurado se conformaba con la virgen de Regla, una deidad menor--, pero es que el pobre Torra ya no sabe a quién dirigirse para que le escuchen. Es poco probable que una estatua te haga mucho caso, aunque parezca fijarse mucho en lo que dices, pero si no queda otro remedio, pues te plantas delante de la virgen --en una versión bufa de Isabelle Adjani interpelando en silencio a un Cristo en la cruz en la película de Andrzej Zulawsi La posesión, aunque en esa época Adjani estaba que crujía y Torra ya daba grima-- y le cuentas tus desgracias como si fuese la camarera de un bar de alterne.

No se lo tengo en cuenta porque todavía me siento enternecido por el detalle que tuvo Torra hace unos días al mandar iluminar la montaña sagrada con 131 lucecitas en homenaje a los niños sodomizados por los monjes del monasterio de Montserrat a lo largo de su historia (yo creo que son más, pero lo importante es la intención). Lo que ya encuentro irritante es que un tal David Raventós haya iniciado hace una semana su segunda huelga de hambre para reclamar la independencia del terruño (la primera fue bruscamente interrumpida por su urgente internamiento en un psiquiátrico, del que salió diciendo que había sido torturado, aunque no sabemos exactamente por quién: igual se topó con el ectoplasma del doctor Mengele). Raventós es un hiperventilado de nivel cinco y acusa a los políticos procesistas, incluidos los que están a la sombra, de ser unos traidores que trabajan para España. Clama por la disolución del Parlamento catalán y por la declaración unilateral de independencia, y hasta que esos dos eventos no se produzcan, piensa alimentarse exclusivamente a base de agua. Solo se saltaría la dieta si TV3 --otra institución controlada por el españolismo más recalcitrante, intuyo-- emitiera en prime time el necesario documento audiovisual La mentida. Un documental sobre la veritat, en cuyo guion ha participado y cuyas conclusiones TV3 pretende hurtar a los espectadores.

Como en la nostra se acumulan los documentales que no reciben el nihil obstat de la dirección, Raventós debería ponerse a la cola: correr el peligro de morir de inanición para que se emita su obra maestra es una medida tan desesperada como la de Torra con la Moreneta, aunque en la práctica recuerda aquella frase de cierta periodista barcelonesa que corrió como la pólvora en la redacción de su diario: “Yo lo que quiero es morirme, o en su defecto, que me envíen al archivo”. Morirse de hambre por Cataluña es una imbecilidad dotada de una extraña grandeza, pero hacerlo porque no te emiten el documental de tus amores, ya es del género tonto.

No sé cómo acabará la segunda huelga de hambre del amigo Raventós, pero no sería de extrañar que lo hiciese como la primera: por prescripción facultativa. Que se vayan preparando en el sanatorio que le toque para un pase privado de La mentida si quieren que el paciente se coma el pescado hervido y las natillas y no les denuncie por colaborar con España en el exterminio de los catalanes en general y el suyo en particular.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.