Los farolillos de Vic

Ramón de España
4 min

Las personas monotemáticas son insoportables por definición. Y cuando cuentan con el apoyo de un gobierno, lo son mucho más: a Neus Munté, portavoz de la administración Cocomocho, le parece respetable la idea de Òmnium y la ANC de llenar la cabalgata de Reyes de Vic de farolillos con la estelada, que hasta a Gabriel Rufián se le antoja equivocada. No ha sido capaz ni de decirles a los señores Sànchez y Cuixart que dejen a los niños en paz. O que pedirles una república a tres monarcas es del género tonto. Todo lo que contribuya a la causa es bien recibido. Y si alguien protesta, se le tilda de intolerante o, directamente, de facha. Los digitales del odio ya han empezado a echarle la culpa del cirio que se ha montado con el numerito de los farolillos a los perversos unionistas, que se agarran a cualquier cosa con tal de desprestigiar el prusés. Y el propio Jordi Sànchez, jefazo de la ANC, ya ha salido por TV3 a decir que lo suyo no tiene nada que ver con la manipulación de los menores, sino, una vez más, con la libertad de expresión y la genuina democracia. Es un viejo truco de gran éxito en la Cataluña procesista: primero haces algo que no debes, y luego te quejas de que te llamen la atención. Tú siempre llevas razón y los demás te tienen manía.

Es un viejo truco de gran éxito en la Cataluña procesista: primero haces algo que no debes, y luego te quejas de que te llamen la atención. Tú siempre llevas razón y los demás te tienen manía

De hecho, la manipulación de la infancia arranca de los primeros tiempos de Jordi Pujol, cuyo lema, recordemos, era primer paciencia i després independència. Las condiciones para el tenim pressa se han ido creando a través de los años y con mucha paciencia. Había que fomentar el odio al vecino entre los más manipulables, que son siempre los niños, y a ello se aplicaron con ahínco los gobiernos del señor Pujol durante décadas, mientras los de Madrid miraban hacia otro lado a cambio de los votos de quienes consideraban nacionalistas moderados. Con el paso del tiempo, los tiernos infantes acababan culpando a España de todas sus desgracias, que es lo que pretendía el viejo estafador, y haciéndose de Convergència. Había daños colaterales, ciertamente, como que se apuntaran a ERC o a la CUP, pero el objetivo principal se iba consiguiendo: dividir a los de dentro y propiciar el odio a los de fuera (la cabeza del Astut, un daño colateral).

En la época del tenim pressa, el lavado de cerebro debe expandirse más allá del aula, de la prensa sobornada y de TV3, produciéndose si es preciso hasta en Navidad, cuando se supone que reinan el amor y la armonía y los buenos sentimientos. Las personas monotemáticas son dignas de compasión siempre que no contagien sus manías a los demás. La Generalitat, que financia a Òmnium y la ANC, debería haberles dicho que se metieran los farolillos por donde les cupieran. Se resentiría un poco el negocio de La botiga de Vilaweb, sin duda, pero ánimo, Vicentet, que ya falta menos para el verano y lo volverás a petar con las toallas y las chancletas estelades.

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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