Lo importante es refunfuñar

Ramón de España
5 min

Que estamos gobernados por ineptos con muy mala baba es algo que ya sabíamos, pero nunca está de más alguna información nueva al respecto. ¿Se acuerdan ustedes del incendio de Llançà, cuando el perverso estado español se opuso a que vinieran a echarnos una mano los franceses? Pues ahora nos enteramos, gracias al piloto Ignasi Figueras (que ya puede irse buscando otro empleo, me temo, ¿a quién se le ocurre decir lo que ha dicho?), de que mientras nuestros gobernantes más cercanos se entregaban a todo tipo de quejas y aspavientos por la decisión de las autoridades españolas, en Cataluña teníamos tres hidroaviones muriéndose de asco en Igualada y Alguaire (más algunos helicópteros, según el señor Figueras). ¿Excusa oficial para no utilizarlos? Que no se podía dejar desprotegido el resto del territorio. Yo diría que, ante una emergencia, y antes de pedir refuerzos ajenos, se recurre a todo lo propio que se tiene a mano. Pero entonces, claro, peligra la posibilidad de refunfuñar, que es para lo que viven los lazis desde que les salió mal aquel motín ridículo de octubre de 2017 que concluyó con medio gobiernillo en el trullo y el otro medio dándose a la fuga con el jefe metido en el maletero de un coche.

Como este disparate de los hidroaviones lo denunció la derechona, el lazismo se ha reforzado en sus peregrinas teorías, contando con la ayuda del colectivo Bomberos por la república, que le da la razón y acusa a los fachas de liarla en obediencia a su funesta agenda anti catalana. El lazismo manifiesto de una gente cuyo trabajo consiste en apagar incendios, no en provocarlos, siempre ha sido un misterio para quien esto firma. Recordemos que fue un bombero el que encajó la inapelable sentencia: “La republica no existe, idiota”. Y los bomberos han participado en el prusés desde el primer día y con un entusiasmo inusitado. Solventar el asunto diciendo que la independencia es una idea de bombero resulta un tanto facilón, pero a falta de una explicación psiquiátrica más completa, me voy a conformar con ella.

Pese a que el malvado estado español envió once aparatos a controlar el fuego (suficientes, según el señor Figueras, para la extensión del territorio afectado), nuestras autoridades pusieron el grito en el cielo porque no se les dejaba llamar a los aviones franceses estacionados, teóricamente, en Perpiñán (otra versión asegura que estaban en Nimes, o sea, a la misma distancia, que Zaragoza). El caso era quejarse, protestar, refunfuñar. Ya sé que es lo único que pueden hacer desde el episodio del maletero, pero la cosa ya cansa, francamente: no deberíamos pagar a nuestros políticos para que se dediquen exclusivamente a rondinar.

Un día es un incendio. Otro, la mesa bilateral (según el pelmazo de Rull, pura anestesia para el prusés). Se celebra una reunión de presidentillos regionales y el nuestro no acude porque prefiere visitar a Marta Rovira en Suiza. Las chicas de la CUP dicen que van a vigilar de cerca al gobiernillo porque han descubierto que practican “un neo autonomismo pasado de moda”. ¿Y qué queréis que practiquen, hijas mías? ¿No os acordáis de cómo acabó lo de la independencia unilateral? ¿Cuándo os decidiréis a hacer las paces con la realidad? La independencia ni está ni se la espera, y cuanto antes lo asumáis, mejor para vuestra psique y para los que os tenemos que aguantar.

Espero que, al igual que el llorado (y llorón) Messi, Ignasi Figueras tenga ya sobre la mesa otra oferta de trabajo, pues por aquí el oficio de whistle blower está muy mal considerado. Me extraña que aún no hayan pedido su cabeza los bomberos por la república: sería otra idea típica de su gremio.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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