Menú Buscar

La fiesta mayor, ese anacronismo

Ramón de España
7 min

Se aprecia cierto olor a rancio en el hecho de que una gran ciudad celebre su fiesta mayor, algo más propio del medio rural. Incluso las fiestas mayores de barrio, sobre todo las de Gràcia, resultan intempestivas y antañonas, aunque son muy del agrado de quienes insisten en creer que todavía viven en un pueblito encantador del que, de vez en cuando, bajan a Barcelona. Las fiestas mayores sirven para recordar unos tiempos, supuestamente jóvenes e inocentes, en los que los vecinos se conocían, se apreciaban y se ayudaban mutuamente, y aspiran a humanizar una ciudad en teoría fría y hostil. Las fiestas mayores de Barcelona son, digámoslo claro, un anacronismo muy apreciado por ciudadanos y munícipes: tú decoras cuatro calles, levantas algún castell y sueltas a unos cuantos gigantes y cabezudos y enseguida te sientes mejor persona y mejor gobernante. Panem et circenses: nunca falla.

Tras la breve estancia del doctor Trias en la plaza de Sant Jaume, con Ada Colau ha vuelto la figura del alcalde colega, quien, como sus antecesores sociatas, se agarra a la misma praxis de buen rollo

En esa misma onda, también está muy bien organizar jornadas sin coches, por ejemplo, aunque el resto del año el tráfico esté manga por hombro y te salgan los aguafiestas de siempre a decirte que donde esté un buen plan urbanístico, que se quiten las excepciones, aunque también te permitan, como las fiestas mayores, dártelas de sostenible, humanitario y guay. El concepto del alcalde colega arranca de cuando los socialistas mandaban en esta ciudad y resultaban más cercanos --tampoco costaba mucho-- que los estirados convergentes del edificio de enfrente. El alcalde colega impulsaba el uso de la bicicleta o te traía a Carlinhos Brown cada dos por tres, te pusieras como te pusieras. Tras la breve estancia del doctor Trias en la plaza de Sant Jaume, con Ada Colau ha vuelto la figura del alcalde colega, quien, como sus antecesores sociatas, se agarra a la misma praxis de buen rollo (aunque luego te envíe cartas sin firmar en las que te pide que delates al vecino que alquila habitaciones a los guiris). Se trata, eso sí, de una versión mejorada y que no descuida a nadie en su labor apostólica. La Barcelona de Ada es una ciudad cosmopolita, pero también la capital de una nación milenaria, es una gran urbe y un pueblo grande, es un sitio en el que El Corte Inglés y el mantero conviven armoniosamente y en el que ser nacionalista y de izquierdas es lo más normal del mundo. Y esa Arcadia en marcha brilla especialmente durante su fiesta mayor, cuando todos nos vestimos de gañán y nos apiñamos en la plaza para escuchar al pregonero.

Este año hemos tenido dos por el precio de uno, pero ambos han cumplido a la perfección con su rol y han hecho exactamente lo que se esperaba de ellos, sin preguntarse qué pinta un pregonero en una ciudad europea contemporánea. Javier Pérez Andújar volvió a interpretar ese papel que borda, el del muchacho del extrarradio que, a base de talento y esfuerzo, se hace un sitio entre los burgueses y les canta las cuarenta, pero sin pasarse, solo lo justo para que la alcaldesa que lo ha ungido se sienta más de izquierdas y más alternativa. Su cóctel de lucha obrera, inmigración emprendedora, tebeos, rumberos y bandas de rock funcionó como el mejor de los mojitos: bastaba con ver a los presentes en el Saló de Cent aplaudiendo a rabiar para comprobar que el pregón había cumplido la función de hacerles sentir mejores personas; o a la alcaldesa y sus sonrisas de satisfacción, como si hubiese encontrado en Javier lo que Pujol detectó en Paco Candel, un compañero de viaje al que sacar rendimiento. Y hay que reconocer que el hombre bordó de nuevo el personaje que se ha fabricado, ofreciendo una especie de Greatest Hits de toda su obra literaria y periodística, siempre sonriendo, simpático y de buen rollo.

Toni Albà rezumó mala baba por todos sus poros mientras predicaba para los conversos, disfrazado de Felipe V, pero hablando como ese rey emérito que tanto dinero le ha hecho ganar en la tele y los escenarios

No puede decirse lo mismo del pregonero alternativo, el humorista indepe (notable oxímoron, lo sé) Toni Albà, que rezumó mala baba por todos sus poros mientras predicaba para los conversos en el Pla de Palau, disfrazado de Felipe V, pero hablando como ese rey emérito que tanto dinero le ha hecho ganar en la tele y los escenarios. Según él, Javier ha ofendido a la mayoría de los catalanes, que no son mayoría, aunque a Toni y a TV3 les parezca que sí. Así que lo suyo fue un desagravio a los buenos catalanes, los que quieren la independencia y se sienten odiados por los españoles. En realidad, es el señor Albà el que siente un odio irracional por España, sentimiento que ha acabado por situarle entre el fanatismo y la demencia y que aún le acabará causando una úlcera, si es que no la tiene ya y la sufre en silencio por el bien de la patria. Tuvo el detalle de no reventarle el acto a Javier en plena plaza de Sant Jaume, pero de su boca solo salieron exabruptos contra los que no piensan como él: no creo que tarde mucho en tomarla con los independentistas, cada vez más numerosos, que lo consideran un energúmeno que flaco favor le hace a su causa.

Artículos anteriores
¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.