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Ramón de España
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Jamás creí que llegaría a echar de menos los tiempos en que el catalán más famoso del mundo era Ferran Adrià. De hecho, me molestaba que, en vez de un escritor, un filósofo, un artista o un cineasta, fuese un cocinero quien ocupara el cargo. De entonces acá, las cosas han empeorado notablemente. Ahora, si sales de España y se te ocurre decirle a alguien que eres catalán, tienes muchas posibilidades de que te pregunten por Puigdemont: mal que nos pese, Pilar Rahola estaba en lo cierto y Puchi es el puto amo de la actualidad catalana, española y europea. Insisto: hemos ido a peor. Ferran Adrià, por lo menos, era un cocinero ingenioso obsesionado por la deconstrucción, mientras que Puchi, pese a la pasión que despierta entre sus fans, no deja de ser un mindundi.

Vamos a ver: llegó a presidente de la Generalitat porque la CUP envió al basurero de la historia a su antecesor, Artur Mas, quien lo sacó de la alcaldía de Girona para que no le hiciese mucha sombra (luego Puchi se vino arriba, pero ése ya es otro asunto). Antes de ser alcalde, nuestro hombre había tenido una carrera periodística de chichinabo, financiada toda ella con dinero público (incluyendo la revista de la parienta, Catalonia Today). Toda su vida ha estado trabajando este hombre para la Generalitat, de una manera u otra, con lo que lo de llegar a presidirla se parece mucho a la carrera de un botones de La Caixa que, tras muchos años de esfuerzo y servilismo, llega a dirigir una sucursal bancaria.

Que alguien cuyo destino natural era quedarse en su pueblo para los restos, despachando xuxos en la pastelería de sus padres --trabajo que podría alternar, tal vez, con la dirección de La Gaceta de Amer o la redacción de la hoja parroquial-- se haya convertido en el catalán más célebre de la historia reciente de este paisito nuestro da que pensar. Como le debe dar que pensar a Artur Mas, que ve cómo el tío de la fregona en la cabeza vive la vida que le correspondía a él. Era el Astut quien debería haber proclamado la independencia, darse a la fuga y ejercer de Pimpinela Escarlata del separatismo, en vez de palmar a manos de unos perroflautas y quedarse presidiendo un partido moribundo mientras el estado le embargaba todo lo embargable.

Mas quiso pasar a la historia como el primer presidente de la república catalana, pero se va a quedar con las ganas porque el papel de símbolo se lo ha robado un tío de pueblo que habla inglés peor que él y lleva unos trajes más baratos

Artur Mas quiso pasar a la historia como el primer presidente de la república catalana o, en su defecto, como el político que más contribuyó a hacer realidad el sueño de (menos de la mitad de) un pueblo, pero se va a quedar con las ganas porque ese papel se lo ha robado un tío de pueblo que habla inglés peor que él y lleva unos trajes más baratos. Su único consuelo es que los años de cárcel que le habrían caído se los va a chupar Puchi, pero desde el punto de vista patriótico no sé qué es peor, si acabar de embargado en libertad o de presidiario convertido en símbolo y recibiendo más cartas de admiradores que el mismísimo Charles Manson en sus buenos tiempos.

Periodista subvencionado. Alcalde de la capital de la Cataluña catalana. Presidente por carambola. Fundador de repúblicas con escasa convicción, más que nada para que no le llamaran botifler en Twitter y, sobre todo, para que Junqueras y Rovira dejasen de gimotear... Que con esta birria de bagaje biográfico se haya convertido en el catalán más internacional del momento, no deja de tener su mérito. ¡Chincha y rabia, Astut!

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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