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Pásate al modo ahorro

De sablazos y bocazas

Ramón de España
5 min

Cuando ETA tenía la mala costumbre de cobrar lo que ellos llamaban “impuesto revolucionario” (o sea: o nos pagas o te asesinamos), el gran Perich dijo en uno de sus chistes que no podía fiarse de una revolución que, antes de alcanzar sus objetivos, ya empezaba a cobrar impuestos. Salvando las distancias --los lazis solo te matan de aburrimiento--, la campaña de sablazos puesta en marcha por JxCat para financiarse la campaña electoral recuerda un poco al impuesto revolucionario de los de la capucha. Puchi pide a los buenos catalanes un (supuesto) préstamo de 1500 euros para arriba y asegura que les devolverá la pasta cuando acceda a las subvenciones electorales y demás prebendas de esas de las que ahora disfruta el PDECat. Y puede que así se haga con una pasta: ¿no hubo gente en Estados Unidos que puso dinero para construir el muro de Trump contra México? Sí, vale, los monises se los acabó quedando Steve Bannon, pero uno no siente especial compasión por los estafados, que se llevaron su merecido. Lo mismo pensaré si Puchi se queda la pasta de los patriotas y se la gasta en sus cosas: si usted es tan zote como para alimentar a un fugitivo de la justicia que vive a cuerpo de rey en el extranjero, también se merece que lo timen.

Como esto de poner el cazo siempre suena sospechoso (y algo cutre), JxCat acaba de marcarse una machada democrática expulsando de la lista a las elecciones del 14 de febrero a un sujeto llamado Josep Sort y que representaba a ese Reagrupament que se inventó hace unos años el doctor Carretero, aquel fiero independentista con una cara de andaluz que tiraba de espaldas. A Sort me lo han echado por bocachancla y ofensivo, y la verdad es que se lo ha ganado a pulso, aunque, probablemente, solo decía lo que todos pensaban en su partido, pero no se atrevían a verbalizar vía Twitter. Con este ejemplo, confieso que me preocupa el futuro político de Mark Serra Parés y del mosso Donaire, que también tienen tendencia al exabrupto.

Con el seudónimo de Graccus, el señor Sort ejercía de azote de unionistas en la red. Un día se preguntaba por qué no tenían un accidente Eva Granados y Jordi Cañas mientras iban por Barcelona. Otro, calificaba de “cerda” a la ministra Isabel Celáa o de nazi a Salvador Illa. Tras una entrevista en TV3 a Quim Torra, se congratulaba de que el entonces presidente de la Generalitat “le ha petado el culo a Lidia Heredia”. Su obsesión anal la hizo extensiva a Meritxell Batet, a la que envió “a tomar por culo” tras asegurar que era una “HDLGP”. Su última invectiva, la que le ha acabado costando el cese, ha sido contra Ada Colau, quien, según él, es “una puta histérica española”. Conclusión: ¡Sort, a la puta calle!

Con esta expulsión, Junts x Puchi queda como un partido progresista. Lo cual --lo cortés no quita lo valiente-- le permite seguir practicando el arte del sablazo con el blasón añadido de una supuesta altura moral. En ese partido no hay espacio para machistas malhablados, pero sí para gente que pasa la gorra porque no le queda más remedio. Puede que el PDECat no llegue ni a entrar en el parlamento regional, pero la ley electoral le favorece, dejando al pobre Puchi más tieso que la mojama: se impone un meme del gran líder en el metro, vestido de mendigo rumano, y diciendo aquello de “Es muy triste pedir, pero más duro es tener que robar”.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.