Josep Costa, inasequible al desaliento

Ramón de España
6 min

Aunque nació en Ibiza (Santa Gertrudis de Fruitera, 1976), Josep Costa solo tiene una idea (fija) en la cabeza: la independencia de Cataluña, que promovió con ahínco cuando era el vicepresidente primero de la Mesa del Parlamentillo, entre 2018 y 2021. Hace tiempo que la justicia española le anda buscando las cosquillas por desobediente (no se sabe si esa actitud se manifestó con su soberanismo rampante o si ya de pequeño le entraba todo por una oreja y le salía por la otra: habría que consultar a su madre), pero el hombre sigue en sus trece y se dedica a recusar jueces para retrasar el momento funesto de dar explicaciones por sus hazañas de los últimos años. Ahora, además, se ha dado cuenta de que está rodeado de traidores, lo cual le permite, además de poner orden en el procesismo, medrar un poco en el escalafón lazi aprovechando que Laura Borràs se está convirtiendo en un lastre (y menudo lastre, dadas sus dimensiones) y en Junts x Puchi parecen a punto de contratar a unos sicarios colombianos para deshacerse de ella.

A Costa siempre se le ve contrariado y de mal humor. Son escasísimas las fotos en que se le ve sonreír. Y cuando lo hace es como a desgana, como si intuyera que no puede permitirse una señal de alegría o una muestra de relajación ante la situación terminal que vive la patria (la que ha elegido, pues creo que en Ibiza siguen todos tan tranquilos, bañándose en pelotas, acudiendo en masa a las discotecas y echando un poco de menos a Locomía). Cuando solo tienes una idea (o algo parecido) en la cabeza, es bastante normal que te conviertas en un sujeto obsesivo y molesto. Y que empieces a ver traidores en todas partes, como los que han sido acusados por Costa de haberse solucionado la vida con los indultos del Gobierno y haberse convertido en gente que no solo no trabaja por la independencia del terruño, si no que la boicotea. Hay que deshacerse de ellos, clama Costa. Y los presos del prusés, para colmo, ni reaccionan ni le contestan.

Cualquiera diría que con la cruz judicial que carga, Costa haría bien en preocuparse de sus propios asuntos y olvidarse de lo que hayan hecho o dejado de hacer sus compañeros de motín. Pero él se ve obligado a señalarles con el dedo, a urgirles a su jubilación y, en suma, a acusarles de ser unos vivalavirgen que se han vendido al Estado opresor para salir del talego (olvidando que la principal misión del presidiario es escaparse como pueda). El hombre está indignado con los indultados, y supongo que tampoco mira con buenos ojos a Anna Gabriel y, en general, a todos los que se han dado cuenta de que lo suyo no tiene mucho futuro y han optado por una salida personal a la desgracia colectiva.

Hay algo de Gran Inquisidor en Josep Costa, algo muy normal entre el colectivo de fanáticos con ideas fijas. Tarde o temprano, acabará inhabilitado y puede que, incluso, en el talego, como la Geganta del Pi, pero de momento ejerce de martillo de herejes y guardián de la ortodoxia procesista. Su único problema es que su autoridad moral no está siendo reconocida urbi et urbi. Señala a los traidores y estos no se dan por aludidos. En Junts x Cash bastantes problemas tienen con las constantes salidas de pata de banco de la gigantona como para preocuparse por sus arrebatos de indignación. Asegura Costa que la decisión de Aragonès de proseguir con la mesa de diálogo, aunque en España gobierne la derechona (un desiderátum con algunos problemas de verosimilitud, por cierto) le parece intolerable, pero el Petitó de Pineda ni se molesta en responderle.

Josep Costa está intentando salvar en solitario a su patria adoptiva, rodeado de traidores y sin prácticamente nadie que le preste atención o se lo tome mínimamente en serio. No sé si lo han invitado al desahogo veraniego de Prada de Conflent, pero más le vale: en ese foro de ideas peregrinas podría destacar con sus teorías conspirativas y su defensa numantina, aunque tirando a pasivo-agresiva. Y los traidores, mientras tanto, se bañan en la piscina de Can Rahola o se dedican a sus cosas pasando de él como de la peste. ¡Qué dura es la vida del héroe solitario!

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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