Islam, tenemos un problema

Ramón de España
8 min

La apoteosis de Laura Borràs y sus fans conspiranoicos, durante el acto de homenaje a las víctimas de hace cinco años en la Rambla de Barcelona, me pareció una especie de epílogo bufo (aunque sin ninguna gracia) a unos días que se han mostrado generosos en cuanto a desgracias que tienen su origen en el islamismo radical.

Previamente, unos reportajes en TV3, a cargo de la eficaz Txell Feixas, sobre las condiciones de vida en el Afganistán controlado por los talibanes me habían encendido la sangre y recordado que lo único que se puede hacer con esos desgraciados es matarlos. Antes aún, el intento de asesinato de Salman Rushdie a cargo de un tarugo de Alá que reconoce que solo ha leído un par de páginas de Los versos satánicos me sumió en un estupor indignado muy notable.

Como casi todo el mundo, vivo de espaldas al Islam más desquiciado (bueno, y al otro también), pero eso no es más que una manera de intentar ignorar un problema, como hace el niño que se tapa con el edredón hasta los ojos para no ver al monstruo que cree que lo acecha en su habitación. Cierto es que Occidente tiene muchos frentes abiertos en estos momentos: la guerra en Ucrania, la lucha de poder entre Rusia, China y Estados Unidos (aunque los dos primeros se disponen a realizar unas maniobras militares conjuntas a final de mes), la crisis económica que se cierne sobre Europa cuando la gente haya vuelto de la playa a las ciudades de ese continente que había aceptado su condición de balneario del mundo civilizado y que ahora empieza ya a no ser ni eso... Pero los radicales islámicos nos recuerdan constantemente que existen, aunque seas tan tonto y tengas tan mala intención como para creer que el atentado de la Rambla fue cosa del CNI.

Hasta nuestros políticos miran hacia otro lado ante las salvajadas árabes. Pablo Iglesias no dijo nada, que a mí me conste, sobre el apuñalamiento de Rushdie, pero tuvo tiempo para alabar unas memeces progres que escribió Jordi Amat en El País sobre la película Grease (¡por fin hay alguien que se toma en serio el romance juvenil de John Travolta y Olivia Newton John!). Ni el Papa se acordó de condenar el atentado, tal vez porque entre colegas no hay que pisarse la manguera y sus respectivos dioses tampoco se llevan tan mal, sobre todo entre los sectores más fanatizados de sus creyentes (no hay mucha diferencia entre los yihadistas y los prolifers que bombardean clínicas abortistas, ¿no creen?) Al pobre Rushdie nos lo apuñala un tarado y hay diarios que se preguntan cuáles han podido ser sus motivos, como si hubiera alguno que nada tuviera que ver con la fatua del ayatolá Jomeini de hace treinta y tantos años.

Lo de Afganistán, con su maltrato permanente de las mujeres y de cualquiera que no sienta especial simpatía por el régimen, es una prueba más de que si te dedicas a jorobar a tu pueblo sin salir de tus fronteras te puedes eternizar en el poder porque la comunidad internacional no va a mover un dedo para ponerte en su sitio. Acuérdense de Sadam Husein, que aún estaría ejerciendo de sátrapa en Irak si no llega a ser porque tuvo la idea peregrina de invadir Kuwait y jugar con nuestro petróleo. Franco siguió a rajatabla la tesis de que no hay que meterse en líos (no se apuntó a la Segunda Guerra Mundial ni loco porque intuía que le iba a salir el tiro por la culata) y el mundo, empezando por los americanos y el general Eisenhower, lo dejaron en paz hasta que murió plácidamente en la cama.

Ya sabemos que la política exterior norteamericana y sus guerras en el quinto pino son un desastre que se remonta, por lo menos, a la guerra de Corea. En Irak y Afganistán se fueron dejando las cosas peor de lo que estaban al llegar. ¿Pero de verdad no se puede hacer nada más por Afganistán que abandonar el país a su suerte? En uno de los reportajes de TV3 se ve a un barbudo que, desde un coche, le dice a Feixas que se cubra más con el velo, que se le ve demasiado el pelo de la cabeza.

¿Se puede tolerar la existencia de una gente capaz de crear el Ministerio para la Prevención del Vicio y el Fomento de la Virtud? Sí, el nombrecito da risa, pero sus consecuencias no. ¿No debería el caso de Afganistán mover a la comunidad internacional a hacer algo en la línea de las sanciones impuestas a Rusia por la invasión de Ucrania (aunque tampoco sea gran cosa, como demuestra el hecho de que España sigue comprando material ingente a Vladimir Vladimiróvich mientras los tanques que le prometimos a Volodimir resulta que están hechos un asco y no sirven para nada)? ¿No debería ser sometido a presiones varias Irán después de que sus dirigentes digan que Rushdie se buscó el intento de asesinato por su condición de blasfemo?

Tenemos un problema de narices con el Islam radical, pero nos empeñamos en mirar hacia otro lado. Cuando a Rushdie le cayó la fatua, tuvo que soportar que escritores tan respetables como John Berger o George Steiner le afearan la conducta en vez de solidarizarse con él. Ahora, nuestra mal llamada nueva izquierda pasa de él porque considera más urgente resaltar el supuesto racismo de una película musical de finales de los 70. No detecto mucha preocupación entre nuestros políticos por la intolerable miseria moral de los talibanes. Y en mi Cataluña natal, hay quien prefiere creer que lo de la Rambla fue cosa de los españoles.

Ya sé que pintan bastos para la rentrée, pero la comunidad internacional tiene un problema con el Islam y se dedica a silbar y a mirar hacia otro lado, aunque no haga tanto de las matanzas de Londres o Madrid. Será que los auténticos problemas son los de Finlandia, donde han pillado a la primera ministra de farra y pimplando y se le han echado al cuello como si fuera el botarate de Boris Johnson. Eso será. Ya se sabe que, en nuestro querido balneario, lo primero es lo primero.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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